Un estudio extraordinario (I)

  1.                                                              

-Miradlo, si parece un angelito.

-De eso no cabe la menor duda Doctora.

-Cierto es todo lo que dicen Doctor Hechei. ¿Pero qué opina usted Canfali?

El Doctor Thomas Canfali se había alejado de la tierna escena que los tres doctores restantes protagonizaban con el pequeño niño, tras haberle realizado las pruebas necesarias para el experimento. Cruzándose de brazos y mirando con firmeza a la desconchada pared, Canfali se quitó las gafas para acto seguido revolverse el enmarañado pelo de color castaño.

-¡Cómo puede inspiraros ternura! ¡Si seguís así, me veré en la obligación de apartaros del experimento! ¡A los tres!

Con la misma fuerza capaz de paralizar una ciudad entera, que habría tenido un desastre natural o un atentado, los tres doctores se dieron la vuelta dándole la espalda al niño, que aún seguía sentado sobre la camilla. Tras presenciar el brutal enfado de Thomas Canfali y, habiendo sido testigos con anterioridad de situaciones semejantes y fatales desenlaces, decidieron contestarle con seriedad.

-No se preocupe Doctor Canfali, no volverá a repetirse. Pero no va a negarme que el niño es tan…tan tierno que…

-¡Esto se ha acabado! No volveré a repetirlo señores. Si pretendéis seguir en el estudio, habréis de olvidaros de que es un niño de cuatro años.

-Descuide Doctor Canfali. Los tres prometemos contener nuestra tendencia a cuidar del pequeño en ocasiones venideras.

Dando vueltas sobre sí mismo y aún con las gafas en la mano, Canfali escuchaba a sus compañeros de experimento, quienes no parecían en el fondo muy dispuestos a cumplir con lo que en ese momento estaban pactando con su jefe.

-Espero que sea cierto Doctora. De no ser así, no querré saber nada más de vosotros, ni ahora ni nunca. ¡Por favor, si tan solo es un niño! Y que sepáis, que solamente os estoy ayudando, porque si os dejáis llevar por un instinto paternal no llegaréis a la cúpula de la ciencia.

El Doctor Hechei hizo un ademán de contestarle a Thomas Canfali. ¿Cómo era posible que ni tan siquiera sonriera al igual que ellos, ante las carantoñas que el niño les hacía cada vez que los veía? En  ninguna mente humana, aunque esta se tratase de la más requerida en cualquier parte del mundo, podía concebirse semejante idea de antipatía hacia los infantes.

-¿Hechei? ¿Tienes algo qué poner en común con los aquí presentes antes de que cesemos nuestra actividad hasta mañana?

El excelente Doctor Hechei, había sido cinco veces galardonado por sus sensacionales investigaciones sobre enfermedades genéticas y sus posibles tratamientos. Aún recordaba, en sus ratos libres, aquella época de fama internacional que ya tan distanciada estaba de su vida, puesto que por aquel entonces todavía se encontraba incluido en el marco de la legalidad. Pero en el momento de contestarle a Thomas Canfali, se sentía más inseguro que el pequeño niño cuando cada día era llevado a la misma sala, para ser sometido a las pruebas que con regularidad procedían a realizarle.

-Le recuerdo que todos nosotros ya habíamos alcanzado esa cúpula, y ahí seguiríamos de no haberle hecho caso. ¿Se refiere ahora a engrosar la interminable lista de los científicos más buscados?

 Los grandes ojos negros del Doctor Canfali se abrieron como platos mientras observaban al sempiterno callado Doctor Hechei, tras haberse atrevido éste casi por primera vez a contestarle en voz alta.

-No es mi problema Hechei. ¡Y llévense al niño a su cuarto de una maldita vez!

-De acuerdo Doctor Canfali. Y no se preocupe, no volverá a repetirse, de verdad.

Mientras los tres doctores salían de la sala con el niño en brazos, Thomas Canfali los miraba con desdén preguntándose qué habría hecho mal en la selección. En aquel desconocido laboratorio trabajaban a escondidas prácticamente un centenar de científicos y médicos, sin embargo ellos tres eran los más cualificados para el trabajo que en esos momentos el Doctor Canfali tenía entre manos, aunque también parecían ser los menos indicados ya que también siempre que terminaban el trabajo diario, se detenían varios minutos a mirar con atención al niño y, curiosear su maduro comportamiento, puesto que salvo en exceptuadas ocasiones no lloraba o pataleaba durante una rabieta, evitando que le suministraran las inyecciones.

-Cardón, estúpido metepatas…Negó Canfali con la cabeza tras el comentario del tercer compañero, que se había intentado mantener ajeno a toda la conversación y reprimenda del Doctor.

Finalmente Thomas cerró la puerta tras de sí mascullando-mañana será otro día.

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