Los gemelos que no podían leer

Hubo hace tiempo dos gemelos llamados Karl y Bianca. A ellos les apasionaba la lectura pero, como no tenían dinero para comprar libros, solamente podían leer un par que tenían en su casa, de los cuales ya se sabían a la perfección hasta aquello que se hallaba escrito en las tapas.

Un día pensando y pensando llegaron a la conclusión de que en algún sitio debía de haber un centro en el que pudieran leer tantos libros y cuentos como quisieran, sin pagar nada a cambio.

-¡Ya me he cansado de estos cuentos de princesas y príncipes! ¡Siempre es lo mismo! Refunfuñaba un día Bianca mientras posaba el libro sobre un pequeño sofá.

-¡Pero no tenemos otra cosa! Suspiraba Karl desanimado, mientras miraba de reojo los dos únicos ejemplos de literatura que había en aquella casa.

-Pues tendremos que buscar otra solución, hermanito. Mamá y Papá no pueden comprarnos más libros. Estos hace años ya fueron un triunfo…Bianca exponía su idea de una manera rotunda. ¡Algo tenían qué hacer! Encontrar un lugar donde poder dedicarse a lo que más les gustaba. ¿Y qué mejor que informarse sobre ello?

-¿Y en esos sitios qué llaman bibliotecas? Intervino Karl emocionado de pensar que yendo a una biblioteca tendrían la oportunidad que necesitaban. Eran totalmente gratuitas y en ellas había un montón de libros y libros sobre todo tipo de temas, desde cuentos de hadas hasta libros de misterio; de seguro que no se aburrirían.

-¿Y dónde está eso Karl?-le preguntó su hermana Bianca interrogándole con la mirada-Yo no conozco ninguna. Aquí en el pueblo no las hay. ¡Nos costaría mucho llegar y no tenemos dinero!-suspiró-No podemos hacer nada.

-Aquí no, pero en la ciudad sí que debe de haber…¡Y sino en la capital!

-¡Pero si la capital queda muy lejos!

-Pues iremos a la ciudad. ¡Vamos Bianca! Recoge tus cosas ¡Nos vamos hoy!

Su hermana, a la que en un principio no le gustaba la idea por miedo a disgustar a sus pobres y preocupados padres, finalmente no pudo negarse a la proposición de Karl; puesto que ella también tenía muchas ganas de poder leer y leer lo que quisiera. Y esa era su oportunidad de oro.

Los gemelos cogieron sus mochilas y las llenaron con lo poco que tenían: solamente con un par de juguetes, algo de ropa, un pedazo de pan y un poco de chorizo y salchichón, para comer en el largo camino que les esperaba a pie hasta la ciudad, si nadie se ofrecía a llevarlos en alguno de los pocos automóviles que había en aquellos años.

-Jo…-se quejaba Karl-¡Esto está muy lejos!

-Ya sabíamos que estaba lejos, ¡si tú mismo lo dijiste…!

-¡Ya no sé cuanto llevamos caminando, hermanita!

-Seguro que un buen rato…¿nos sentamos? Le preguntó Bianca a su hermano, cuyos pies, al igual que los de ella, también se encontraban muy cansados.

-Si alguien tuviese un auto…

Karl abrazó a su gemela Bianca, que ya tenía frío, y se sentaron a esperar al borde de la polvorienta carretera. El niño abrió los ojo cuando ya amanecía alertado por la bocina de una pequeña camioneta.

-¿Os pasa algo, niños?

-¿Es a mí y a mi hermana Bianca?

-¡Sí! ¿Ves más chiquillos?

Mientras Karl se restregaba sus aún adormilados ojos, se despertaba Bianca emocionada de ver a alguien con un automóvil; ya que en esos tiempos no se veían demasiados, porque la mayoría de la gente no podía comprárselos.

-¡Ahí va que coche! Exclamó Bianca al ver la furgoneta de quien parecía un repartidor.

-Vamos, subid…Si no vais muy lejos, hasta la ciudad os puedo llevar.

Karl y Bianca se sintieron realmente bien al subirse a aquel automóvil, ya que sólo habían tenido esa experiencia hacía más de dos años en el coche del anterior alcalde de su pueblo; pero en esta ocasión todo era mucho mejor: ¡irían a una biblioteca y podrían leer muchos libros!

Cuando llegaron a la ciudad el repartidor se despidió de ellos -bueno, hasta otra chavales. ¡Suerte! Si seguís en línea recta lo primero junto al Cuartel es la biblioteca. ¡Hasta otra!

-¡Hasta otra! Se despidieron los niños agitando sus manos.

Los dos hermanitos se detuvieron frente a la puerta de entrada totalmente fascinados. ¡Nunca antes habían estado en un sitio así! De hecho, debido a su corta edad, nunca habían estado en la capital.

-¡Guau, Bianca! ¡Esto sí que es grande!

La niña asentía a todo lo que le decía su hermano -¡Sí! ¡Es mucho más grande que el coche del Señor Benito!

Los gemelos nunca se habían podido imaginar un lugar así. ¿Cómo podría haber tantos libros en aquel lugar? La respuesta, facilitada para todos era la siguiente: un lugar tan especial y tan amplio no podía estar dedicado a otra cosa que no fuese la cultura y la literatura.

Karl y Bianca se pasaron el día leyendo y leyendo, pero a una hora concreta de la tarde la bibliotecaria, que no había cesado de contemplarlos, puesto que le recordaban a sus propios hijos, se acercó a ellos para invitarlos a salir. -Buenas tardes, niños. Siento deciros esto, porque veo que estáis como pez en el agua, pero ya casi es la hora de cerrar; por lo que tenéis que ir saliendo. ¡Pero no os preocupéis: mañana podréis volver!

-Ya…-Comentó Karl entristecido y sin levantar la cabeza para hablar-Pero tendremos que volver a casa. ¡Ya llevamos dos días fuera!

-¡Sí!-Intervino Bianca un poco nerviosa.-¡Y nuestros padres pueden enfadarse! ¡A lo mejor Mamá y Papá están preocupados por nosotros dos!

-Muchas gracias por todo, señora. Quizás nos sea posible volver otro día. ¡Vamos Bianca!

Tras haberse despedido de la mujer y, cuando ya se encontraban a la puerta de la biblioteca Karl habló de nuevo -¿puedo preguntarle una cosa?-La bibliotecaria asintió de brazos cruzados, intrigada por la cuestión que el pequeño gemelo iba a formularle.-¿Traerán más libros sí verdad? ¡Dígaselo sino a su señor Alcalde!

Una vez hubieron regresado a su pueblo todo continuaba igual que cuando se habían marchado; sin embargo Karl y Bianca habían vuelto con muchas historias leídas y muchos nuevos personajes conocidos. Sin duda la experiencia que aquel viaje les había dado no la olvidarían en muchos años.

Una noche cualquiera estando en cama Bianca tuvo otra idea:

-¡Karl! ¿Estás dormido?

-¡No, Bianca! ¿Por qué?-Le preguntó restregándose los ojos y con cara de sueño.-¿Necesitas algo?

-¡Se me ha ocurrido una genial idea para poder leer todo cuánto queramos!

-¿Ah sí?

-¡Sí! ¡Y todo gracias a ti, hermanito! ¡Oh, Karl, seguro que te encanta cuando te la cuente!

-¡Buenos días, señor Alcalde!

-¡Buenos días, Karl y Bianca! Exclamó el hombre extrañado. ¿Qué le habría sucedido a la familia de los chicos para que fueran a visitarlo tan de mañana?

-¡Hemos venido para comentarle una cosa!

-Ya veo ya… En fin, ¿ha pasado algo que yo no sepa? ¿Vuestros padres están bien, niños?

-¡Sí, claro!-Intervino Karl sonriente.-Pero es que a mi hermana Bianca se le ha ocurrido una idea, a partir de un comentario mío a la salida de la biblioteca de la capital.

-Entiendo…-El señor Alcalde enarcó una ceja.-¡Bueno, no! ¡La verdad es que no entiendo nada! Lo único que sé es que a vuestros padres ¡casi les dais un susto de muerte! ¿Cómo se os ocurre huir así de casa? ¡Podía haberos sucedido algo! ¿No conocéis al hombre del saco?

-Sí.-Afirmaron los dos mirando hacia el suelo y con las manos cruzadas sobre el estómago.-Verá, señor Alcalde-se pronunció Bianca-mi hermanito Karl y yo sólo queríamos leer libros. ¡Es que aquí no tenemos! ¡De ahí nació mi idea, señor! ¿Desearía usted escucharla?

-¡Sí! Porque, además, al fin y al cabo yo no soy vuestro padre. Y se ve que ni a él le hacéis caso… ¡Cómo ibais a escuchar mis consejos y regañinas!

-¡Usted podría construir una biblioteca tan grande como la que hay en la capital!

-¿De veras? ¿Sabes lo que eso costaría, pequeña? ¡Millones! Y este Ayuntamiento no nada en la abundancia precisamente…

-Ya…-Susurró Karl.-¡Pero seguro que hay señores a los que no les importaría ayudar! ¡Fíjese en don Rainiero Aguilar! ¡Así todo el mundo podría leer!

-¡Y nosotros dos también, señor!-Exclamó la pequeña sonriente.-¿No le parece qué todo el mundo debe tener acceso a los libros? ¡La lectura es cultura!

-En eso tenéis mucha razón… De no ser por las bibliotecas muchas personas no podrían leer. Por desgracia la gran mayoría no puede costearse, tan siquiera, uno.-El Alcalde se acariciaba el mentón mientras daba vueltas en su cabeza, sobre quienes podrían prestarle ayuda económica a su Consistorio. Desde luego la idea de la pequeña Bianca no era mala ni mucho menos; sino que resultaba muy acertada. ¿Quién mejor que él para promover tan buena iniciativa? ¿Y qué mejor que brindarle un servicio cultural a la comunidad?-Sin embargo no es empresa que pueda ser comenzada de hoy para mañana. ¡Llevaría mucho tiempo niños! ¿Sabríais esperar?

-¡Atiza! ¡Pues claro, señor! ¿No hemos estado durante años leyendo los mismos libros? Preguntó Karl boquiabierto y con los ojos como platos.

-¡Pues podremos esperar recordando las historias que encontramos en los libros en la capital! Continuó Bianca, poniéndose en jarras y comenzando a moverse de un lado a otro en posición triunfal.

Solamente pasó un año desde la conversación que mantuvieron los gemelos con el Alcalde y el día de la inauguración de la Biblioteca y Centro de Cultura del pueblo. Aquella soleada mañana no faltó nadie al solemne acto.

Todo el mundo acudió con sus mejores galas. Unos portaron consigo sillas plegables, para mitigar la fatiga, otros se posicionaron junto a un muro cercano con el mismo fin y, claro está, Karl y Bianca no pudieron faltar. Los gemelos se encontraban bien peinados y elegantes al lado del Alcalde; quien, en su discurso, recordó la idea de Bianca, proveniente de un comentario de Karl, que había dado a luz al proyecto del que, a su vez, nació aquel centro.

¡Ya no tendrían que preocuparse más! ¡Su sueño al fin se había cumplido! Ahora sí que podrían leer siempre cuándo y cuánto quisieran.

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