La imagen del abuelo

Basado en una historia real. O al menos eso me han contado…

Nadie se encontraba en la casa. Nadie menos ella y su vecina de en frente Azucena, que había accedido a cuidarla mientras preparaba el temario para las oposiciones. Este encargo no era nuevo para la joven, que ya se había ocupado de la pequeña en anteriores ocasiones; sin embargo aquel día era distinto al resto, por lo que sabía que en lugar de estudiar tenía que jugar con su pequeña vecinita, para que no se disgustara y comenzase a pensar en el abuelo.

El abuelo ya no estaba. Se había ido. Y esta vez para siempre. Y aunque la niña no dijese ni “mu”, todo el mundo sabía que ya nada sería lo mismo. Para siempre se habían terminado sus idas y venidas al Hospital, aquel gran edificio donde muchas personas iban vestidas de blanco y, otras de verde, y llevaban calzos hipoalergénicos también blancos; no, ahora el abuelo ya no estaba con ellos. <> Le comentó su padre. <> Le preguntaba su madre con lágrimas en los ojos. Y es que, desde luego, el abuelo era un hombre muy querido por todos.

La familia al completo se encontraba desolada, pues el abuelo nunca había tenido una mala palabra para nadie, sino que siempre había tendido una mano a todos aquellos que precisaban de él. Sin embargo la pequeña, que todavía no entendía demasiado bien el fino umbral entre la vida y la muerte, se encontraba triste y, no porque su querido abuelito se hubiera ido al cielo y ahora fuera a ser una estrella, que brillaría por siempre jamás en lo alto del firmamento; sino porque no había podido decirle adiós. Y aunque él pudiese escucharla todavía, la pequeña quería haber compartido algunos momentos más junto a él y haber podido abrazarlo una vez más. En resumidas cuentas: a la niña le hubiese gustado que se hubiera celebrado una despedida del abuelo. Pero ya no podía ser. En este tipo de casos no hay vuelta atrás.

-¿Por qué no puedo irme con vosotros? ¡Todo el mundo estará allí! Pero sus padres se negaron a que los acompañara, ya que la familia y el matrimonio no acudían a una verbena, sino a un tanatorio, lugar no recomendable para que visiten niños de tan corta edad; por lo que la pequeña se quedó en casa refunfuñando y con el disgusto en el cuerpo.

-¿Pero por qué no puedo ir? ¿No vais a despediros del abuelo? ¡Eso me han dicho los tíos! ¡Él estará allí! Y la pequeña lloraba a lágrima viva. Sin embargo a sus padres no les importó, porque sabían que junto a la joven Azucena a la pequeña no le faltaría nada.

Las horas de ese día y del siguiente pasaron entre juegos con su vecina y largos paseos por el parque, con el fin de que la pequeña estuviese entretenida. Pero durante la segunda tarde la niña quiso ver los dibujos animados en la televisión. Ya era la hora de las aventuras de su perro favorito.

Azucena ya se había ido a su casa hacía un rato y todos los adultos se encontraban desperdigados por la cocina y el comedor. En el salón solamente estaba la pequeña, sentada en el sofá y jugueteando con el mando de la televisión durante la franja publicitaria.

-¡Mamá, Papá, corred! ¡Tíos! ¡Corred, venid todos! ¡El abuelo está aquí!

Todo el mundo, incluido el hermano mayor de la pequeña, acudió a su extraña y nerviosa llamada. ¿A qué se refería con que el abuelo estaba allí?

-Cariño-se acercó su padre-el abuelito está en el cielo y el otro ya se ha ido a su casa. Aquí no hay nadie. Has sido tú y tu imaginación. ¡Anda, ea! La abrazó con sumo cariño, pues intuía que su hija, al igual que la familia al completo, no estaba viviendo un momento agradable.

-¡Pero estaba ahí!

-¿Ahí dónde? -Le preguntó su hermano intrigado acudiendo a apagar el aparato televisor. -¡A ver si te lo estás inventando!

-¡Bah, no le hagáis caso! La pobrecita está disgustada porque no ha podido despedirse del abuelo. Al menos no como a ella le gustaría… -Comentaban otros. -Seguro que en un par de días o tres se le pasa.

-Mamá, tú me crees ¿verdad?-Su madre no pudo responderle porque había roto en llanto de nuevo. Primero la muerte de su padre y ahora su pequeña hija de seis años le estaba contando con total seriedad que había visto al abuelo. -La imagen del abuelo apareció en la tele de repente. ¡Yo lo he visto! ¡Estaba ahí! Y estiraba sus extremidades superiores hasta el límite, buscando hacerse entender mejor.

Su hermano suspiró mientras enarcaba una ceja, apoyado en una silla, el resto de familiares se dedicaban miradas de cansancio y sus padres intercambiaron una con la que preferían fingir que no estaban escuchando nada de lo que la niña les estaba contando.

-¿Dices qué has visto al abuelo en la tele? -La pequeña asintió firmemente convencida.-¿Seguro? De nuevo el asentimiento por respuesta.

-¡Que sí, Papá, que sí! ¡El abuelo estaba ahí, en la tele! Yo estaba viendo los dibujos, salieron los anuncios y de repente de la tele nacieron unas rayas grises y todo se puso negro, negro… Y apareció allí la cara del abuelo.

Sus padres la abrazaron intentando hallar consuelo ante todo lo sucedido y esperando poder consolarla a ella. También escogieron pensar que toda la historia era fruto de su disgusto; prefirieron pensar que el peso y la tristeza por no haber podido despedirse del abuelo había hecho que lo hubiera visto reflejado en el televisor. Quién sabe si habrá sido realidad o quién sabe si solamente habrá sido, efectivamente, fruto de su entristecida pero vivaz imaginación.

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