Canastillo y llanto

Comenzaba a anochecer, o ya había anochecido en otra parte de la ciudad. Las farolas se encontraban encendidas y las pocas personas que deambulaban por las calles se apresuraban a realizar las últimas compras del día y a volver a casa, para cenar, irse a descansar y dar por terminado otro día.

Por una céntrica calle de la ciudad, pero menos transitada; un padre caminaba junto a su hija, que tendría unos catorce o quince años. Ambos sabían que se les había hecho de noche ya, pero el motivo que los había movido de casa durante toda la tarde era de vital importancia; aunque en la vida habría de aprender la niña que hay asuntos aún más importantes que aquellos que ella pudiera conocer.

-Papá, ¿crees que a Mamá le gustará su regalo?

-Hombre, ¡pues claro que sí, Mariné! ¿Por qué opinas lo contrario? ¿Te ha dado Mamá alguna pista para llevarte a tal conclusión? ¡Como me haya equivocado por tu culpa! Rió el hombre aferrándole la mano a su hija.

-¡No, claro que no, Papá! Pero no sé… Tal vez serán los nervios al saber tan cercano su cumpleaños. Este tipo de regalos, tan especial quiero decir, no se hace todos los días.

-Vamos, Mariné. Ya lo descubriremos el día señalado. De momento lo principal es no resfriarse. Además, ¿has pensado que nuestra demora puede haber preocupado a tu madre?

-¿Mamá preocupada por nosotros dos? ¡Pero si sabe bien que no llegaríamos muy lejos solos! Rió Mariné divertida. Desde luego las repentinas y divertidas ocurrencias de su padre seguían haciéndola reír como cuando era muy pequeña.

-Todo puede ser, Mariné…

No habían avanzado demasiado cuando la niña llamó la atención de su padre, tirándole con suavidad por la manga de su abrigo. -¿Has oído eso, Papá?

-¿El qué? ¿No habrás escuchado el motor de un coche en alguna vía colindante, Mariné?

-¡No, Papá, no! ¡Seguro que es un gato! ¡Y uno pequeñito! Tal vez se haya perdido de su madre. ¿Te imaginas lo que puede suceder si se encuentra solo?

Su padre rió irónicamente mientras miraba hacia otro lado. -Lo que me imagino es el soponcio que le daría a la tuya si nos llevásemos un gato a casa. ¡Por pequeño que fuera! Ya sabes lo que ella dice: << animales en mi casa no>>.

Pero como suele sucederles a todos los padres, el buen hombre acabó cediendo, aun sin él haberlo deseado. Sin embargo minutos más tarde no habría de arrepentirse por haberlo hecho, sino que se sintió como nunca antes.

-¡A ver, Mariné! ¿Se puede saber dónde está el gatito en cuestión?

Mariné volvió a tirar del abrigo a su padre y señaló entre dos automóviles que se encontraban estacionados en las proximidades. -¡El sonido sale de aquí abajo, Papá! ¡Seguro que es un gatito! ¡Y uno de los chiquitines!

-¡Chiquitín te voy a dar yo a ti! ¿Para qué te habré hecho caso? ¿Pero estás segu…? No le había dado tiempo a terminar la frase, más bien no pudo proseguir debido a la fuerte impresión que recibió, cuando su hija le mostró que no se trataba de un animal, sino del llanto de un bebé, prácticamente recién nacido, envuelto en una manta y con aspecto de no tener demasiado calor ni de haber recibido, tampoco, demasiado cariño.

-Pobre criatura. ¡Aquí a estas horas! Seguro que lo llevaban al hospicio, pero llegó alguien y…-Mariné miró a su padre fijamente a pesar de que, debido a la zona en la que vivía, conocía perfectamente el antiguo convento que había pasado a ser un asilo destinado a huérfanos y a niños y niñas abandonados a su suerte poco después de haber llegado a este mundo. Asintió pues más o menos, puesto que a ella nadie le aportaba más información de la que debía tener a su edad, conocía o suponía el por qué de que el bebé, que ella había creído un gatito, hubiese terminado la tarde refugiado entre dos coches.-Todos sabemos que este tipo de actos avergüenzan y no están bien vistos… Por lo que han debido de dejarlo aquí por miedo a ser descubiertos si empleaban más tiempo del debido en el torno. Triste o afortunado destino el de estos pequeñines. ¡Complejos son la vida y el destino! Suspiró el padre de Mariné mientras abrigaba a la criatura que había cesado de llorar.

-¡Papá, Papá! ¿Qué haremos ahora? ¿No podríamos llevarlo a casa? ¡Seguro que a Mamá no le importa recogerlo! ¿Has visto la carita que tiene? ¡Seguro que no le importa!

-Eso ya se verá, Mariné. ¡De buena gana me lo llevaba yo también, hija mía! Pero primero habremos de dar parte a las Autoridades. Eso antes que nada. Vamos.

Cinco minutos más tarde, a lo sumo, la niña y su padre accedían a la Jefatura Superior de Policía. Llegaron rápidamente pues se encontraba al lado del lugar en donde habían hallado al bebé. <<Pobre-pensaba Mariné para sus adentros-¡a saber la situación de su familia o si tendrá padre! ¡Qué triste es esto!>>.

-Buenas tardes. Verán, hemos encontrado este bebé que es-especificó el padre-un niño ahí fuera. A unos pasos de distancia de aquí…-Explicó señalando, siguiendo su orientación, el lugar. Uno de los policías los miraba de reojo sin perder ni un segundo la atención. Todo aquello le olía a porquería. ¿Acaso querían colarle una mentira? <<Sí, sí, y yo voy y me lo creo. ¡A saber que habrá sucedido de verdad!>>. Pensaba mientras se mordía la lengua y se daba la vuelta por no hablar. Mientras que otro de sus compañeros anotaba con interés todos los datos que pudieran servir de ayuda e inspeccionaba el estado de salud del pequeño.-Mi hija-y señaló a Mariné que asentía-creyó oír el leve gemido de un gato. ¡Menuda sorpresa! Cuando vimos que no era un gato…-Mariné observaba todo a su alrededor con mayor interés aún que el que ponía el agente que se molestaba en apuntar todo aquello que ellos le estaban contando. Desde luego había funcionarios que sí que se merecían su salario.-Seguramente quien fuera a dejarlo en el hospicio iba a introducirlo por el torno, pero llegó alguien y por miedo lo abandonó entre los coches.

-¡Podía haberle sucedido algo desagradable! Apuntó la niña, pero el primer policía seguía sin sentirse convencido. En aquella historia había un punto que se le escapaba. ¿Creían qué él era tonto? ¿O pensaban que fingía?

-¡Pues fíjense ustedes que yo no me creo su historieta! A mí me parece que todo eso que cuentan ¡no es más que una mentira! ¿No será usted el abuelo de la criatura? Porque, su hija ya…

El padre de Mariné la agarró con fuerza por el hombro y le contestó al agente totalmente indignado. -¿Qué ha osado decir? ¿¡Cómo se atreve a realizar semejante afrenta!? ¿Qué piensa de mi familia y, sobre todo, de mi hija? Mariné observaba la escena atónita. ¿Cómo podía pensar aquel hombre que el niño era su hijo? Pero tampoco le extrañaba porque, de una manera no legal, había escuchado a hablar sobre jovencitas poco mayores que ella, cuyos hijos habían venido al mundo precozmente podría decirse…

Otro de los agentes, aunque había permanecido leyendo en todo momento aquello que transcribía su compañero, intervino en defensa de la familia, mientras negaba con total seriedad, profundo respeto y desconcierto por las palabras allí dichas al punto.

-Parece mentira para ti que pienses eso. ¿No los conoces?-El policía que había hablado demasiado se encogió de hombros e intentó pasar desapercibido, aunque no tuvo suerte ya que sus calumnias no cayeron en saco roto.-¿Y si la hija de este señor-prosiguió elevando el dedo índice hacia el padre de Mariné-acabase de dar luz, crees tú que, iba a encontrarse aquí, de pie y tan lozana? ¡Por favor, Ramón! ¡Un poco de seriedad! ¡Y sentido común!

-Bueno, ustedes disculpen. Aunque hay que reconocer que cada caso se ve por el mundo que… Pero a ver, ¿había algo más que pruebe que este angelito fue abandonado? ¿Y dónde están afirmando? Los interrogó el agente de nuevo, reticente todavía, a pesar de haberles pedido perdón. Sin embargo el orgullo es tan altanero que no se deja cortar las alas tan fácilmente.

-¡Sí!-Exclamó Mariné con la esperanza de ser al fin creídos por todos.-¡Me parece que había un canastillo al lado! O un objeto parecido, señor policía.

El padre de Mariné intervino en apoyo de la explicación de su hija diciendo: -sin embargo nos inclinamos a pensar que se trataba de una cesta o de un canastillo. ¿Dónde sino llevarían a un niño?

Pasados unos minutos los agentes acudieron a inspeccionar el entorno, siguiendo siempre las indicaciones de Mariné y su padre; ya que dos personas de bien carecían de gusto inclinado hacia la realización de una tomadura de pelo. <<Lo hemos encontrado>> comentó uno de ellos en voz alta y todos se acercaron, incluidos Mariné y Papá.

Ella mantenía la esperanza de poder quedarse con el niño, al menos por un tiempo… Además, si lo cuidaban en casa, aunque solamente fuera por unos días, seguro que conseguirían adoptarlo. ¡A Papá y a Mamá no iba a importarles! Es más, su madre estaría encantada, ¡casi fijo!

-¡Papá, Papá! ¿Podremos quedarnos con él? Se atrevió a preguntar cuando un biberón fue descubierto dentro del canastillo. Por lo menos quien se hubiera encargado de dejarlo allí había dejado también comida para el bebé, pensó Mariné y agradeció el detalle hacia el pequeño recién nacido y encontrado. Ahora lo importante era saber si sus padres se harían o no cargo de él.

-¡Qué más quisiéramos, hija! Mas me parece que no va a poder ser… Le explicó su padre mientras la aferraba con dulzura y le acariciaba el cabello. No se le ocurriría llorar ¿no?

-¿De veras? ¿Seguro estás de eso que dices, Papá? Imitó ella el habla propia de algunos adultos. ¿No podrían quedarse con él? Ella era hija única, ¡al niño no le faltaría de nada! Un policía se adelantó para evitarle el mal trago al buen hombre, seguramente: -nos encantaría poder entregarles el niño, señorita, pero no puede ser. El bebé debe ser entregado en el hospicio. ¡No se preocupe usted, si está aquí al lado, señorita! Aunque comprendo su pesar, ¡es tan bonito!

-¿Y no estaría mejor con nosotros en casa? ¿Por qué no podemos adoptarlo? ¡Si en esos colegios no deben de tratar muy bien a los niños! Y aunque así fuera ¡debe de ser muy triste! Suspiró apagada. Desde luego se había imaginado un final diferente.

A pesar de los años que han pasado, Mariné recuerda, cada vez que pasa ante el edificio donde, durante años, estuvo ubicado el asilo; aquel bebé de mirada inocente y ojitos vivarachos que conoció una tarde volviendo a casa de la mano de su padre. Padre que, a pesar del empeño puesto para intentar hacer del niño un miembro más de su familia, no consiguió darle una vida distinta a la que, según haya sido su estrella, le habrá tocado vivir. Sin embargo Mariné mantiene la ilusión y la misma esperanza que aquella tarde mantuvo de volver a encontrarse con él algún día. <<Seguro que no está muy lejos>>.

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