A correr con caballos

Había una vez un pueblo al que todavía no había llegado ningún automóvil; sin embargo la fiebre de la compra de coches ya había comenzado a expandirse por todo el país… ¡Y cómo no! ¿A quién no le gustaba la idea de motorizarse y, por tanto, poder desplazarse más rápido que en carro de caballos o a pie? Este era un hecho muy goloso (naturalmente), pero en aquel lugar nadie parecía haberse animado tanto, hasta el momento, como para desembolsar la cantidad de dinero que costaba un vehículo «de esos que anuncian por ahí y que aparecen en los periódicos», como decían muchas personas. A pesar de ello todo el mundo sabía que el día en que vieran un coche paseando por la zona y haciendo ruido no tardaría mucho en llegar.

Un día uno de los hombres más ricos del lugar trajo un automóvil desde la capital; y en el pueblo comenzaron a agolparse a la puerta de los bares y tiendas y bajo la sombra de los lato árboles cercanos para comprobar que aquel «trasto» funcionaba tal y como se comentaba. ¿Y si aquel apartado rincón de provincias se convertía en una ciudad?
-¡Vaya cómo luce! ¿No? Preguntaban unos al orgulloso dueño.
-¡Y cómo corre! ¡Habríais de verlo! ¡Eso… eso es digno de ver! No en vano es de lo mejor que hay en el mercado. Les contestaba haciendo gala de las virtudes de su majestuoso vehículo e intentando convencer a alguno de los tenderos. Él no era menos que nadie, ¿cómo no comprarse uno? Al igual que el más adinerado podían permitírselo. Además, ¡teniendo un comercio…!
-¿Tanto? ¿De veras que corre cómo dicen?
-¡Y no solo es rápido!-añadían los amigos del comprador-¡Es el más rápido!
-Fijaos:-intervino otro-es tan rápido, tan rápido que ni el caballo más veloz puede ganarlo.
-¡Sí, hombre! ¡Claro que podría ganarlo! ¡Siempre ha habido caballos! Si no llegaran con rapidez nadie los utilizaría para desplazarse ¿no creéis?
-Bueno, ¡allá vosotros! Nosotros solo os decimos que su «auto» anda mejor que nada. Por muy caballo que haya os decimos que no podrían igualarlo ni mucho menos vencerlo.

-Menudos fanfarrones están hechos. ¡Y eso que ellos solo se sentarán en él! ¡Como fueran los dueños…! ¡Pobres de nosotros! ¿Quién los aguantaría? Preguntó un vecino mientras se alejaba un poco. Aquella escena era demasiado para é. No era la primera vez que alguien se tomaba algo tan a la tremenda: ¡primero había sido la llegada de la radio!
-¿Qué es lo que pasa?
-¡Nada! Los amigos de Félix presumiendo del coche de su amigo. No tienen otra cosa más qué hacer… Pero nada importante.
-Bueno…
-¡Claro! Si no tenemos en cuenta su afán de lucir y mostrar a los demás ¡cuán rápido puede llegar a ser ese vehículo! ¡Es más rápido que cualquier caballo! Dramatizó el hombre a medias de reír.
-¿Y tan seguros están de eso?-Habló un joven del pueblo.-¿Más rápido que nuestra yegua? No lo creo… Permitidme que os lo diga: no me lo creo. Aún no ha habido caballo capaz de superar a nuestra yegua a la hora de correr.
-Pero no deja de ser una yegua. Le comentó un amigo suyo.
-Hazte a la idea, nunca podrías correr más que ese «trasto» a lomos de tu yegua; por muy rápida que sea. ¡Es un coche! Si tan de moda están será por algo ¿no?
-Si yo os digo que la yegua corre es porque corre. ¿Admiten apuestas? Sus amigos reflejaron desconcierto en los rostros. ¿¡Y qué sabían ellos!?
-Siempre puedes ir a preguntarles. A lo mejor Félix acepta, quién sabe. Es uno de los más ricos de la comarca. Si posee caudales suficientes para comprarlo ¿no va a tener para aceptar una apuesta?

Mientras todos continuaban embobados con los asientos, el volante, las ruedas y la bocina del coche llegó el joven, uno de los más dispuestos y uno de aquellos a los que no les importaba apostar con nadie, cuando veían posibilidades de ganar un buen dinero; y se acercó pisando fuerte. -¿Ha y tiempo para una apuesta? Porque por dinero no hay problema.
-¿Tan por supuesto lo tienes?
-No hace falta indagar demasiado- En este pueblo todos nos conocemos y él-dijo señalando a Félix-tiene dinero para dar y tomar.
-¿Y qué propones, Blín? Preguntó el dueño del vehículo a su vecino empleando buenas formas.
-Una carrera. Subimos hasta el puerto y luego bajamos hasta el otro lado.
-¿Y?
-Yo en mi yegua y tú en tu coche. ¿Qué dices? Andan comentando por aquí que nadie puede vencerte, pero yo sé que sí puedo.
-Acepto tu apuesta, Blín. A cambio: ¿tu jornal de un mes?
-Hecho-Y se dieron un apretón de manos, modo con el que antes se cerraban los pactos.-Pero has de tener en cuenta que si pierdes vasa tener que pagarme.
-No estaría yo tan seguro si me encontrara en tu lugar, Blín; mas si tú lo dices acepto con gusto.
-Te doy ventaja, aunque vayas en coche.
-Muchas gracias, pero no la necesito.
-De acuerdo. Cómo prefieras.

Llegaron ambos participantes a la salida de la carrera. El camino no era difícil ya que los dos lo conocían como la palma de su mano. ¿Quién no conocía la carretera del puerto? El recorrido duraría dos horas y media, más o menos; y como Félix no había querido ventaja, el joven y él salieron al mismo tiempo.
-¡Estás seguro de que tu yegua lo logrará? Mira que es mucho dinero… Si pierdes tendrás que pagarle dos mil pesetas: una a una. A él le caen los «cuartos» del bolsillo, ¿pero tú? ¡Tú eres un trabajador al que le cuesta ganar el jornal de todo un mes! ¡¿Estás loco!? Yo, si fuera tú, no lo haría, Blín. Ahora, ya no sé que más decirte. Deberías dejar de apostar. Un día vas a perder lo poco o mucho que tengas.
-Desde el día en que nació Pichona. Siempre supo correr como nadie y siempre me hizo caso. Si te digo que lo puede hacer es que puede hacerlo. ¡La conozco desde que nació! ¡Aún recuerdo el momento en que nuestro abuelo nos dijo, tras haber vuelto de la escuela, que la yegua había tenido una nueva cría!
-Por cierto, siempre me ha parecido curioso el nombre.
-Yo no le di tiempo para que él nos dijera que se trataba de una hembra, creí que era un potro y decidí llamarlo Pichón. Cuando me enteré de que era una pequeña yegua le cambié el nombre: de Pichón pasó a ser Pichona.
La conversación de los dos amigos se vio interrumpida por la llegada del otro participante.
-¿Listo?
-Listo. Afirmó el joven sin tener miedo a perder el dinero. Blín conocía a la perfección el terreno por donde se movería durante el trayecto y sabía que ganaría. Además su yegua Pichona era una yegua de carreras, ya que él la había entrenado durante años para correr. Pichona no era el típico animal de carga o transporte, sino que estaba preparada para afrontar cualquier tipo de carrera y su ritmo no podía superarlo nadie. ¿Iba a poder el automóvil recién estrenado de Félix hacerlo?
-Nos veremos en el banco. Ya sabes a lo que me refiero: el momento en que cobre el cheque.
-Lo que tú digas, Félix.

En cada lado del puerto las gente del lugar se encontraban totalmente nerviosas. ¿Quién ganaría el reto? ¿Cómo se le habría ocurrido a un joven como Blín enfrentar de esa manera a un coche como el de Félix? ¿En qué cabeza sesuda cabía disparate tal?
-¿¡Pero qué ven mis ojos!? -Exclamó y preguntó un hombre que observaba desde un alto.-¡Venid”! ¡Venid todos aquí! ¿No es Blín ese que se acerca?
-Sí, pero…
-¿Y Félix? ¿Tan poco tiempo ha gastado en subir y bajar que no lo hemos visto pasar?
-¡Qué va! Uno es que sea rápido y otro que no lo hayamos visto.
-Pues va a tener razón Blín. Al final me parece que ha corrido más su yegua Pichona que Félix con tantos duros que ha dejado en la capital.
En aquel instante todo el mundo se pasaba al «bando» del joven Blín .Ahora que habían comprobado en sus propias carnes que tenía la razón querían apoyarlo. ¡Hay que ver cómo eran sus vecinos!

Cuando llegó Félix, al que anteriormente habían aclamado con ardor, el pueblo ya se encontraba centrado en felicitar al otro corredor. ¡Era verdad qué había ganado? ¿Cómo había conseguido entrenar a su yegua de aquella manera?, se preguntaban todos. Ante esto Félix no pudo hacer otra cosa que bajarse del coche, cerrar la puerta, hacer a un lado a sus amigos, que corrían a consolarlo por si se encontraba disgustado, y acercarse al ganador.
-Al final tenías razón. Ahora tengo que pagarte. Y tranquilo-aclaró-soy hombre de palabra-afirmó estrechándole la mano.
-No te preocupes-. Habría sido extraño que alguien de tu familia dejara algo a deber, Félix; por algo sois de las personas más importantes.
-Has tenido suerte de haber ganado, sino habrías tenido que darme tu sueldo de todo un mes.-Dijo sin dejar de lado su tradicional orgullo.-Pero no estabas equivocado cuando dijiste que ganarías.

Mientras otros celebraban, uno de los amigos de llevó a este último hacia un apartado y lo interrogó diciendo: -¿por qué nunca dijiste nada?
-¿Nada de qué? Lo siento, no te entiendo. ¿A qué te refieres?
-¡A tu yegua! ¡A Pichona! ¡No avisaste acerca del poco tiempo que invierte en subir y bajar el puerto! ¿Cómo puede hacerlo?
-Era un asunto que solo nos incumbía a ella y a mí. Como en cualquier juego o como cualquier ilusionista: uno no desvela sus trucos. ¡Qué gracia habría tenido si todos supierais que iba a ganar? ¡Ninguna!
-Bueno, Blín, gracia porque lo dices tú…

Ese día toda la comarca pasó de una montaña a otra la noticia, que corrió como la pólvora durante aquellos días y que enseñó a toda una comunidad de vecinos que en aquel momento aún podía correr más, y mucho más rápido, un buen caballo que un casi incipiente automóvil. Definitivamente, a la hora de correr aún debían hacerlo con caballos; pero de cuatro patas.

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