El veraneante.

Un verano llegó al pueblo dispuesto a disfrutar de los tres meses que se presentaban ante él. Las playas no se encontraban lejos, por lo que podría darse un chapuzón cada mañana y pasear por las antiguas e históricas calles por las tardes; sin embargo cuando se bajó del coche en la plaza le dio la sensación de que allí era un extraño.
Su familia vivía a dos pasos del centro en una casa antigua que un famoso constructor había reformado no hacía mucho tiempo. Muchos veranos habían pasado allí viendo amanecer y ponerse el Sol cada jornada y habían escuchado el canto de los pájaros desde el jardín, cuyo muro incluía parte de la muralla del lugar, cosa que solo el abuelo sabía pero nunca había llegado a encontrar. Ahora le tocaba a él participar en esa actividad y conocer bien el paraje que había visto nacer a los que habían venido al mundo antes que él.
-Te llevaremos el equipaje a casa. Le ofrecieron. Él afirmó mientras miraba con curiosidad cada palmo de acera y posaba la vista en cada persona que tomaba un café, charlaba o se fijaba en el horizonte en las cafeterías de aquella calle de postín. Pero el pequeño recién llegado escogió acercarse a unos niños que jugaban al fútbol en la plaza del Ayuntamiento. El edificio se erigía en el centro, en una soleada y abierta plaza entre tres calles, y tras él había un extenso parque en el que unas niñas saltaban a la comba cantando canciones infantiles y aquellas que sonaban en la radio en el momento, las parejas de enamorados caminaban agarradas de la mano mientras comían un helado y las personas de edad más avanzada se sentaban a descansar y a recordar cómo habían sido aquellos jardines cuando ellos eran niños.
-¡Gol! Gritó uno de los chiquillos que jugaban y acto seguido corrió para chocar los cinco con dos de sus amigos.
-¡No vale! ¡Me has pillado desprevenido!
-¡Hombre, el portero eras tú! Deberías haber estado más atento ¿no? Reía el que, sin duda alguna, debía de ser el mejor futbolista del pueblo.
-¡Mirad! ¡Viene alguien! Indicó otro con el dedo.
-¿Puedo jugar con vosotros?
-¡Por supuesto! ¿Por qué no? ¿Queréis? Le preguntó uno al resto del grupo. Los demás asintieron sonrientes y se acercaron a hablar con «el niño nuevo», pues ellos también se habían fijado en él.
-Sobre todo en el coche.-Aclaró el mayor de todos-En esta época del año viene mucha gente a veranear. Tú eres uno de tantos ¿verdad? Su nuevo amigo torció el gesto y asintió. A su manera quería contestarles «sí».
-¡Pero mis raíces son de aquí! Por tanto… ¡soy uno más!
-¡Es que en verano vienen tantas personas!-Suspiró otro y le dio una patada cansada al balón.-¡En ocasiones es insoportable! Mi madre dice que no hay sitio para sentarse en una terraza…
-¿Y dónde vas a vivir? Intervino el más curioso.
-Allí.- Señaló dándose la vuelta mientras echaba hacia atrás un mechón de pelo castaño claro de la cara.-¿Veis esa esquina?-Los demás asintieron.-Pues si camináis un poco hacia la izquierda y luego giráis a mano derecha ahí vivo yo.
-¿En «la casa reformada»? El niño asintió.
-¡Es genial! ¡Siempre hemos tenido muchas ganas de conocerte! Habíamos oído hablar mucho acerca de ti, pero ya pensábamos que eras un mito, ¡cómo nunca te habíamos visto!
-¡Sí, solamente hay adultos!
-Es que… yo vine aquí siendo un bebé y luego cuando era muy pequeño, entonces… mis padres no me dejaban ir solo. ¡Pero ahora creo que podré salir a jugar con vosotros! Y su rostro se iluminó más que el hermoso día.
-¡Qué bien! ¡Serás el veraneante! Si no te importa…
El niño se encogió de hombros. -No, no me importa. En el fondo puedo decir que soy un veraneante.
Poco a poco fue conociendo a más niños. Cada día uno se presentaba. Además alguno de ellos también tenía alguna que otra hermana, por lo que llegaron a ser un grupo muy numeroso que corría y saltaba por aquellas calles y callejuelas tanto antiguas como modernas. Los padres decidieron que saldrían todas las mañanas a la playa a la misma hora para que se entretuvieran y a sus hijos les pareció, como no iba a ser menos, una idea fenomenal; las salpicaduras y gorros de playa habrían de convertirse en un elemento más de esos días. Y así fue como «el veraneante» inició el mejor verano de su vida.

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