El cuidador de palomas

Había una vez un niño que cada día veía a una tórtola que se posaba en la copa de un árbol junto a su casa. El pequeño la observaba desde la ventana de su salón porque ella siempre descansaba en el mismo lugar. Desde allí parecía mirar con interés todo lo que sucedía en los alrededores del edificio y, también, miraba con curiosidad al pequeño que no dudaba en saludarla y dedicarle bonitas palabras de vez en cuando; ya que para él  era muy importante que no le pasara nada malo.

Un día el niño exclamó asombrado: «¡está lloviendo y la palomita va a empaparse! ¡Resguárdate pronto,  sino te mojarás!»

La paloma le contestó: «me gustaría mucho, pero no sé a dónde podré ir».

-Alguna ventana estará bien. Afirmó el niño.

-Pero tus vecinos no querrán que me acerque a sus casas. No les gustan las aves sobre las ventanas.

El niño asintió. –Tienes razón, palomita. ¡Pero puedes quedarte en la mía! ¿Quieres?

-¡Muchas gracias! ¡Eres muy amable!

-De momento puedes quedarte aquí; pero tendré que buscaros un hogar. Debéis de estar un poco cansados de vivir siempre en la copa de un árbol. Si al menos tuvierais un nido…

Unos días después, el niño, tras haber pensado mucho, encontró la solución ideal: «¡casitas en los árboles para las palomas! Así, nadie se quejará de que ensucian sus ventanas».

-Mamá, ¿podrías llevarme a esa tienda en la que venden casitas de madera para que los pájaros puedan comer y vivir dentro? Aquel lugar era el indicado si quería encontrar lo que buscaba.

Una vez en la tienda, le preguntaron qué tipo de casitas para pájaros quería;  él tenía una idea clara: una casa, no una jaula. No quería ver encerradas a las aves a las que quería ayudar, sino que estas debían ser libres. -Me gustaría que tuvieran un comedero grande y un hueco dentro para que puedan guardarse cuando haga frío o llueva. Y es que al niño no le gustaba verlas mojadas.

Al poco tiempo se había corrido la voz de que un niño de un barrio de aquella ciudad cuidaba a las palomas; ellas lo habían dicho por todos lados y hablaban muy bien del pequeño y, poco a poco, fueron llegando más pajaritos y todos ellos encontraron un hogar en el que vivir pues cualquiera era bien recibido, hasta tal punto que, al final, en los árboles y jardines del barrio no se veía más que las pequeñas casas de las palomas y sus familias.

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