¡Te quedas sin postre!

Javier miró con recelo el plato que su madre acababa de dejar sobre la mesa… ¡Ag! Cómo todos los martes Mamá preparaba la misma comida: judías verdes. En su casa no existía manera alguna de que Javier comiera aquella comida tan «suculenta y nutritiva como sabrosa», al menos eso le decía cada semana su madre. La pobre mujer ya había probado todos los métodos habidos y por haber, pues para ella cualquier invento sería perfecto si invitaba a comer a Javier.

«-¿Nunca has jugado con Javier a «¿qué viene el avioncito?»

-No. Contestaba ella a una de sus vecinas.

-¡Inténtalo! ¡Verás cómo funciona ese truco tan antiguo! Los niños quieren ver el avión y comen por esa boquita ¡que da gusto!»

Sin embargo a Javier tampoco le gustaban los aviones y comenzó a llorar cuando vio a su madre jugando con la cuchara imitando el sonido de aquellos pájaros de metal gigantes que había visto volar una vez; y tantos otros cuentos se había inventado…

 

-No hagas eso. ¡Conmigo no te sirve de nada! Javier observó el aparente enfado de su madre y repitió la misma acción: abrió la boca y asomó la lengua; pero antes de que se escuchara «¡puag!» su madre intervino de nuevo fingiendo estar muy enfadada, pues el pequeño no sabía que en realidad no se había enfadado con él, sino que lo único que quería conseguir era que su hijo comiera: «¡cómelo de  una vez por todas! No me importa que vomites.

-¡Pues vomito! Afirmó Javier tajantemente y se cruzó de brazos a la par que miraba hacia otro lado. ¿Pensaba Mamá que iba a comer? ¡Ni en sueños introduciría la cuchara en la boca con aquel puré! «¡Pero si huele fatal!» se dijo a sí mismo.

-¡Vamos!-lo instó su madre-¡hazlo ya, vomita!¿No decías que no te apetecía comer? ¡Vamos! Le indicó sin cambiar el semblante mientras le mostraba la hora en su reloj de pulsera.

-Es que… ¡es el olor que tienen las judías verdes! ¡No me gustan! Claro está ¡a quién podían gustarle con lo mal que olían!

-Haz lo que quieras, Javier… ¡pero come! Su madre caminaba de un lado a otro de la cocina pensando en la remota posibilidad de que Javier se hubiera dado cuenta de su pequeña pillería. ¿Y si sabía que Mamá quería parecer enfadada pero en verdad no tenía ganas de enviarlo al comedor del colegio al curso siguiente? ¡Tantas y tantas veces le había dicho eso! «O comes o el año que viene te quedarás a comer en el colegio. ¡Y allí van a darte ración doble de todo aquello que no te guste…!»

Sin embargo, Javier permanecía atento a sus propios intereses, por lo que, para sorpresa de su madre preguntó: ¡vale! ¿Pero y el postre? Porque el postre sí que me apetece…

Entonces su hijo ¿quería tomar el postre? -¡Menudo pillo has salido tú. Así que las judías verdes no pero el postre sí.

-Hombre… Rió Javier por lo bajo.

Su madre sonrió. Ahora sí que había encontrado la solución, si a su hijo le gustaban los postres le prepararía uno especial cada miércoles, pero todo el mundo que en cualquier menú hay dos platos anteriores a ese ¿o no?

-O terminas las judías o te quedas sin postre, Javier. Tú eliges. O el plato y luego la tarta de queso con mermelada de fresas o nada. Seguro que en el parque encontraré algún niño que quiera merendarla.

Javier abrió los ojos como platos y pensó: «¿Qué? ¿¡Su tarta de queso con mermelada de fresas!? ¿Iban a comérsela?» El niño apuró la cantidad de puré que quedaba en el plato sin apartar la vista del recipiente donde su madre guardaba las tartas siempre que hacía una.

-Ya me lo he comido.-Su madre se dio la vuelta y rió en silencio.-Y ahora… ¿hay tarta?

El cuidador de palomas

Había una vez un niño que cada día veía a una tórtola que se posaba en la copa de un árbol junto a su casa. El pequeño la observaba desde la ventana de su salón porque ella siempre descansaba en el mismo lugar. Desde allí parecía mirar con interés todo lo que sucedía en los alrededores del edificio y, también, miraba con curiosidad al pequeño que no dudaba en saludarla y dedicarle bonitas palabras de vez en cuando; ya que para él  era muy importante que no le pasara nada malo.

Un día el niño exclamó asombrado: «¡está lloviendo y la palomita va a empaparse! ¡Resguárdate pronto,  sino te mojarás!»

La paloma le contestó: «me gustaría mucho, pero no sé a dónde podré ir».

-Alguna ventana estará bien. Afirmó el niño.

-Pero tus vecinos no querrán que me acerque a sus casas. No les gustan las aves sobre las ventanas.

El niño asintió. –Tienes razón, palomita. ¡Pero puedes quedarte en la mía! ¿Quieres?

-¡Muchas gracias! ¡Eres muy amable!

-De momento puedes quedarte aquí; pero tendré que buscaros un hogar. Debéis de estar un poco cansados de vivir siempre en la copa de un árbol. Si al menos tuvierais un nido…

Unos días después, el niño, tras haber pensado mucho, encontró la solución ideal: «¡casitas en los árboles para las palomas! Así, nadie se quejará de que ensucian sus ventanas».

-Mamá, ¿podrías llevarme a esa tienda en la que venden casitas de madera para que los pájaros puedan comer y vivir dentro? Aquel lugar era el indicado si quería encontrar lo que buscaba.

Una vez en la tienda, le preguntaron qué tipo de casitas para pájaros quería;  él tenía una idea clara: una casa, no una jaula. No quería ver encerradas a las aves a las que quería ayudar, sino que estas debían ser libres. -Me gustaría que tuvieran un comedero grande y un hueco dentro para que puedan guardarse cuando haga frío o llueva. Y es que al niño no le gustaba verlas mojadas.

Al poco tiempo se había corrido la voz de que un niño de un barrio de aquella ciudad cuidaba a las palomas; ellas lo habían dicho por todos lados y hablaban muy bien del pequeño y, poco a poco, fueron llegando más pajaritos y todos ellos encontraron un hogar en el que vivir pues cualquiera era bien recibido, hasta tal punto que, al final, en los árboles y jardines del barrio no se veía más que las pequeñas casas de las palomas y sus familias.

El veraneante.

Un verano llegó al pueblo dispuesto a disfrutar de los tres meses que se presentaban ante él. Las playas no se encontraban lejos, por lo que podría darse un chapuzón cada mañana y pasear por las antiguas e históricas calles por las tardes; sin embargo cuando se bajó del coche en la plaza le dio la sensación de que allí era un extraño.
Su familia vivía a dos pasos del centro en una casa antigua que un famoso constructor había reformado no hacía mucho tiempo. Muchos veranos habían pasado allí viendo amanecer y ponerse el Sol cada jornada y habían escuchado el canto de los pájaros desde el jardín, cuyo muro incluía parte de la muralla del lugar, cosa que solo el abuelo sabía pero nunca había llegado a encontrar. Ahora le tocaba a él participar en esa actividad y conocer bien el paraje que había visto nacer a los que habían venido al mundo antes que él.
-Te llevaremos el equipaje a casa. Le ofrecieron. Él afirmó mientras miraba con curiosidad cada palmo de acera y posaba la vista en cada persona que tomaba un café, charlaba o se fijaba en el horizonte en las cafeterías de aquella calle de postín. Pero el pequeño recién llegado escogió acercarse a unos niños que jugaban al fútbol en la plaza del Ayuntamiento. El edificio se erigía en el centro, en una soleada y abierta plaza entre tres calles, y tras él había un extenso parque en el que unas niñas saltaban a la comba cantando canciones infantiles y aquellas que sonaban en la radio en el momento, las parejas de enamorados caminaban agarradas de la mano mientras comían un helado y las personas de edad más avanzada se sentaban a descansar y a recordar cómo habían sido aquellos jardines cuando ellos eran niños.
-¡Gol! Gritó uno de los chiquillos que jugaban y acto seguido corrió para chocar los cinco con dos de sus amigos.
-¡No vale! ¡Me has pillado desprevenido!
-¡Hombre, el portero eras tú! Deberías haber estado más atento ¿no? Reía el que, sin duda alguna, debía de ser el mejor futbolista del pueblo.
-¡Mirad! ¡Viene alguien! Indicó otro con el dedo.
-¿Puedo jugar con vosotros?
-¡Por supuesto! ¿Por qué no? ¿Queréis? Le preguntó uno al resto del grupo. Los demás asintieron sonrientes y se acercaron a hablar con «el niño nuevo», pues ellos también se habían fijado en él.
-Sobre todo en el coche.-Aclaró el mayor de todos-En esta época del año viene mucha gente a veranear. Tú eres uno de tantos ¿verdad? Su nuevo amigo torció el gesto y asintió. A su manera quería contestarles «sí».
-¡Pero mis raíces son de aquí! Por tanto… ¡soy uno más!
-¡Es que en verano vienen tantas personas!-Suspiró otro y le dio una patada cansada al balón.-¡En ocasiones es insoportable! Mi madre dice que no hay sitio para sentarse en una terraza…
-¿Y dónde vas a vivir? Intervino el más curioso.
-Allí.- Señaló dándose la vuelta mientras echaba hacia atrás un mechón de pelo castaño claro de la cara.-¿Veis esa esquina?-Los demás asintieron.-Pues si camináis un poco hacia la izquierda y luego giráis a mano derecha ahí vivo yo.
-¿En «la casa reformada»? El niño asintió.
-¡Es genial! ¡Siempre hemos tenido muchas ganas de conocerte! Habíamos oído hablar mucho acerca de ti, pero ya pensábamos que eras un mito, ¡cómo nunca te habíamos visto!
-¡Sí, solamente hay adultos!
-Es que… yo vine aquí siendo un bebé y luego cuando era muy pequeño, entonces… mis padres no me dejaban ir solo. ¡Pero ahora creo que podré salir a jugar con vosotros! Y su rostro se iluminó más que el hermoso día.
-¡Qué bien! ¡Serás el veraneante! Si no te importa…
El niño se encogió de hombros. -No, no me importa. En el fondo puedo decir que soy un veraneante.
Poco a poco fue conociendo a más niños. Cada día uno se presentaba. Además alguno de ellos también tenía alguna que otra hermana, por lo que llegaron a ser un grupo muy numeroso que corría y saltaba por aquellas calles y callejuelas tanto antiguas como modernas. Los padres decidieron que saldrían todas las mañanas a la playa a la misma hora para que se entretuvieran y a sus hijos les pareció, como no iba a ser menos, una idea fenomenal; las salpicaduras y gorros de playa habrían de convertirse en un elemento más de esos días. Y así fue como «el veraneante» inició el mejor verano de su vida.

Mario.

Mario era un niño al que le encantaba acercarse al parque todas las tardes. Para él no había camino mejor que el que se dirigía al lugar de juegos y distracciones por excelencia para cualquier crío. Aquel era un sitio mágico, sobre todo a su temprana edad, ya que solamente contaba con cinco años y no había dejado de ir cada día desde que había cumplido los dos. Las únicas excepciones, que sus padres recordaban con cariño, eran las vacaciones fuera de allí y un par de ocasiones en las que por unas fiestas familiares no les había sido posible llevarlo a jugar.
Cuando ya estaba cansado de moverse en los balancines y de saltar, Mario se acercaba al estanque de los patos y los saludaba mientras muchos padres llevaban en cuello a otros niños más pequeños que él y les enseñaban los animales con cariño. «Mira, hija, estos son los patitos. ¿No son muy bonitos?» decían muchos. «¿Te gustan?» insistían otros cuando sus infantes comenzaban a llorar enfurruñados o indicaban con sus diminutos dedos que querían irse al tobogán. Pero lo que realmente le gustaba a Mario era observar los pavos reales cuyas coloridas y llamativas plumas quería todo el mundo tocar. El pequeño Mario sonreía porque como le contaba Mamá él también había hecho lo mismo: correr tras aquellas bellas criaturas de exótico plumaje. Para los niños los pavos reales eran unos animales fantásticos con un disfraz azul y verde que solo habían tenido oportunidad de ver allí: en el parque.
-¿Yo también hice eso?
-¡Sí, como todos, Mario! -Le contaba su madre divertida. ¿Quién no lo había hecho en la más tierna infancia?- Todos los niños corréis tras ellos porque os llaman la atención. Los pavos os atraen de una manera ¡única!
Un día se encontraba Mario apoyado a la barandilla de «la casa de los pavos» cuando un niño que parecía tener su misma edad comenzó a chillar asustado. -¡Mamá, Mamá!-Lloraba-¡El pavo real ha intentado darme un picotazo! Y echó a correr a los brazos de su progenitora a toda prisa porque quería alejarse cuánto más le fuera posible de aquel pequeño cercado.
Mario se quedó mirando al niño y a su madre que ya se alejaban y ladeó la cabeza antes de agarrarse de nuevo para mirar más de cerca a los pavos que escapaban de su casa. ¿Por qué nunca lo habrían intentado morder a él? Se preguntó Mario.
-Mamá-Le preguntó cuando volvían a casa.-Hoy un niño ha escapado corriendo del pavo real porque el pavo intentó picarlo-se explicó Mario con rapidez-pero conmigo nunca han hecho eso. ¿Por qué?
-Veamos, ¿el niño le hizo algo al pavo? Mario asintió con mayor rapidez que le había contado la historia a su madre.
-¡Sí! El niño no le dio nada y además quiso tocarlo. Yo creo que el pavo tuvo miedo… Contestó mirando al suelo.
-¡Pues por eso nunca te han intentado picar a ti, hijo!-Le sonrió su madre con ternura.-Porque tú les das parte de tus gusanitos y no quieres tocarlos así de repente. ¡¿Cómo no se habría dado cuenta Mario antes?! ¡Él siempre compartía con ellos!
-¡Muchas gracias, Mamá! Ahora sé cuánto les gustan los gusanitos y las chucherías a los pavos reales y ¡podré ayudar a otros niños!
Con aquella explicación el pequeño Mario se quedó muy satisfecho y marchó sonriente agarrado de la mano de su madre. Ahora solo pensaba en el día siguiente, en la hora de volver al parque y de explicarles a sus amigos lo que tenían que hacer para ser amigos de los pavos reales.
-¡El pavo se marcha! ¡Se marcha el pavo!-Exclama una niña desesperada. ¿Por qué no querrían quedarse a jugar junto a ellos? ¡Desde luego vaya animales que compraban para llevar al parque!
-¡Espera! Tienes que darles algo a cambio para que se queden. ¡Y tened cuidado! Ayer casi pican a un niño. Pero a mí me quieren mucho porque les traigo cosas para comer.
-¿Les gustan los gusanitos? ¿O… qué es lo que traes en esa bolsa, Mario? Se acercaron muchos a preguntarle.
-¡Gusanitos! ¡Tomad! Podéis coger unos pocos. ¡Ya veréis cómo se acercan y no se van!
Todos los niños del parque se acercaron con suma rapidez para observar al pequeño Mario. ¿Qué estaría haciendo para tener tanto éxito? «¡Vaya cantidad de gente has concentrado, Mario» llegaron a comentarle. Los pavos comían al vuelo el alimento que les regalaban los niños con cariño.
-¡Muchas gracias, Mario! ¡Los pavos ya son nuestros amigos!
-¿Ves? Ya no te pican.- Le comentó Mario sonriente al niño cuyos dedos no habían sido mordidos la tarde antes por muy poca distancia. Mario se puso muy contento ese día porque además se sentía útil ya que había podido ayudar a sus amigos y a otros chiquillos.-Ahora ya sabéis lo que tenéis que hacer para ser amigos de los pavos reales.

A correr con caballos

Había una vez un pueblo al que todavía no había llegado ningún automóvil; sin embargo la fiebre de la compra de coches ya había comenzado a expandirse por todo el país… ¡Y cómo no! ¿A quién no le gustaba la idea de motorizarse y, por tanto, poder desplazarse más rápido que en carro de caballos o a pie? Este era un hecho muy goloso (naturalmente), pero en aquel lugar nadie parecía haberse animado tanto, hasta el momento, como para desembolsar la cantidad de dinero que costaba un vehículo «de esos que anuncian por ahí y que aparecen en los periódicos», como decían muchas personas. A pesar de ello todo el mundo sabía que el día en que vieran un coche paseando por la zona y haciendo ruido no tardaría mucho en llegar.

Un día uno de los hombres más ricos del lugar trajo un automóvil desde la capital; y en el pueblo comenzaron a agolparse a la puerta de los bares y tiendas y bajo la sombra de los lato árboles cercanos para comprobar que aquel «trasto» funcionaba tal y como se comentaba. ¿Y si aquel apartado rincón de provincias se convertía en una ciudad?
-¡Vaya cómo luce! ¿No? Preguntaban unos al orgulloso dueño.
-¡Y cómo corre! ¡Habríais de verlo! ¡Eso… eso es digno de ver! No en vano es de lo mejor que hay en el mercado. Les contestaba haciendo gala de las virtudes de su majestuoso vehículo e intentando convencer a alguno de los tenderos. Él no era menos que nadie, ¿cómo no comprarse uno? Al igual que el más adinerado podían permitírselo. Además, ¡teniendo un comercio…!
-¿Tanto? ¿De veras que corre cómo dicen?
-¡Y no solo es rápido!-añadían los amigos del comprador-¡Es el más rápido!
-Fijaos:-intervino otro-es tan rápido, tan rápido que ni el caballo más veloz puede ganarlo.
-¡Sí, hombre! ¡Claro que podría ganarlo! ¡Siempre ha habido caballos! Si no llegaran con rapidez nadie los utilizaría para desplazarse ¿no creéis?
-Bueno, ¡allá vosotros! Nosotros solo os decimos que su «auto» anda mejor que nada. Por muy caballo que haya os decimos que no podrían igualarlo ni mucho menos vencerlo.

-Menudos fanfarrones están hechos. ¡Y eso que ellos solo se sentarán en él! ¡Como fueran los dueños…! ¡Pobres de nosotros! ¿Quién los aguantaría? Preguntó un vecino mientras se alejaba un poco. Aquella escena era demasiado para é. No era la primera vez que alguien se tomaba algo tan a la tremenda: ¡primero había sido la llegada de la radio!
-¿Qué es lo que pasa?
-¡Nada! Los amigos de Félix presumiendo del coche de su amigo. No tienen otra cosa más qué hacer… Pero nada importante.
-Bueno…
-¡Claro! Si no tenemos en cuenta su afán de lucir y mostrar a los demás ¡cuán rápido puede llegar a ser ese vehículo! ¡Es más rápido que cualquier caballo! Dramatizó el hombre a medias de reír.
-¿Y tan seguros están de eso?-Habló un joven del pueblo.-¿Más rápido que nuestra yegua? No lo creo… Permitidme que os lo diga: no me lo creo. Aún no ha habido caballo capaz de superar a nuestra yegua a la hora de correr.
-Pero no deja de ser una yegua. Le comentó un amigo suyo.
-Hazte a la idea, nunca podrías correr más que ese «trasto» a lomos de tu yegua; por muy rápida que sea. ¡Es un coche! Si tan de moda están será por algo ¿no?
-Si yo os digo que la yegua corre es porque corre. ¿Admiten apuestas? Sus amigos reflejaron desconcierto en los rostros. ¿¡Y qué sabían ellos!?
-Siempre puedes ir a preguntarles. A lo mejor Félix acepta, quién sabe. Es uno de los más ricos de la comarca. Si posee caudales suficientes para comprarlo ¿no va a tener para aceptar una apuesta?

Mientras todos continuaban embobados con los asientos, el volante, las ruedas y la bocina del coche llegó el joven, uno de los más dispuestos y uno de aquellos a los que no les importaba apostar con nadie, cuando veían posibilidades de ganar un buen dinero; y se acercó pisando fuerte. -¿Ha y tiempo para una apuesta? Porque por dinero no hay problema.
-¿Tan por supuesto lo tienes?
-No hace falta indagar demasiado- En este pueblo todos nos conocemos y él-dijo señalando a Félix-tiene dinero para dar y tomar.
-¿Y qué propones, Blín? Preguntó el dueño del vehículo a su vecino empleando buenas formas.
-Una carrera. Subimos hasta el puerto y luego bajamos hasta el otro lado.
-¿Y?
-Yo en mi yegua y tú en tu coche. ¿Qué dices? Andan comentando por aquí que nadie puede vencerte, pero yo sé que sí puedo.
-Acepto tu apuesta, Blín. A cambio: ¿tu jornal de un mes?
-Hecho-Y se dieron un apretón de manos, modo con el que antes se cerraban los pactos.-Pero has de tener en cuenta que si pierdes vasa tener que pagarme.
-No estaría yo tan seguro si me encontrara en tu lugar, Blín; mas si tú lo dices acepto con gusto.
-Te doy ventaja, aunque vayas en coche.
-Muchas gracias, pero no la necesito.
-De acuerdo. Cómo prefieras.

Llegaron ambos participantes a la salida de la carrera. El camino no era difícil ya que los dos lo conocían como la palma de su mano. ¿Quién no conocía la carretera del puerto? El recorrido duraría dos horas y media, más o menos; y como Félix no había querido ventaja, el joven y él salieron al mismo tiempo.
-¡Estás seguro de que tu yegua lo logrará? Mira que es mucho dinero… Si pierdes tendrás que pagarle dos mil pesetas: una a una. A él le caen los «cuartos» del bolsillo, ¿pero tú? ¡Tú eres un trabajador al que le cuesta ganar el jornal de todo un mes! ¡¿Estás loco!? Yo, si fuera tú, no lo haría, Blín. Ahora, ya no sé que más decirte. Deberías dejar de apostar. Un día vas a perder lo poco o mucho que tengas.
-Desde el día en que nació Pichona. Siempre supo correr como nadie y siempre me hizo caso. Si te digo que lo puede hacer es que puede hacerlo. ¡La conozco desde que nació! ¡Aún recuerdo el momento en que nuestro abuelo nos dijo, tras haber vuelto de la escuela, que la yegua había tenido una nueva cría!
-Por cierto, siempre me ha parecido curioso el nombre.
-Yo no le di tiempo para que él nos dijera que se trataba de una hembra, creí que era un potro y decidí llamarlo Pichón. Cuando me enteré de que era una pequeña yegua le cambié el nombre: de Pichón pasó a ser Pichona.
La conversación de los dos amigos se vio interrumpida por la llegada del otro participante.
-¿Listo?
-Listo. Afirmó el joven sin tener miedo a perder el dinero. Blín conocía a la perfección el terreno por donde se movería durante el trayecto y sabía que ganaría. Además su yegua Pichona era una yegua de carreras, ya que él la había entrenado durante años para correr. Pichona no era el típico animal de carga o transporte, sino que estaba preparada para afrontar cualquier tipo de carrera y su ritmo no podía superarlo nadie. ¿Iba a poder el automóvil recién estrenado de Félix hacerlo?
-Nos veremos en el banco. Ya sabes a lo que me refiero: el momento en que cobre el cheque.
-Lo que tú digas, Félix.

En cada lado del puerto las gente del lugar se encontraban totalmente nerviosas. ¿Quién ganaría el reto? ¿Cómo se le habría ocurrido a un joven como Blín enfrentar de esa manera a un coche como el de Félix? ¿En qué cabeza sesuda cabía disparate tal?
-¿¡Pero qué ven mis ojos!? -Exclamó y preguntó un hombre que observaba desde un alto.-¡Venid”! ¡Venid todos aquí! ¿No es Blín ese que se acerca?
-Sí, pero…
-¿Y Félix? ¿Tan poco tiempo ha gastado en subir y bajar que no lo hemos visto pasar?
-¡Qué va! Uno es que sea rápido y otro que no lo hayamos visto.
-Pues va a tener razón Blín. Al final me parece que ha corrido más su yegua Pichona que Félix con tantos duros que ha dejado en la capital.
En aquel instante todo el mundo se pasaba al «bando» del joven Blín .Ahora que habían comprobado en sus propias carnes que tenía la razón querían apoyarlo. ¡Hay que ver cómo eran sus vecinos!

Cuando llegó Félix, al que anteriormente habían aclamado con ardor, el pueblo ya se encontraba centrado en felicitar al otro corredor. ¡Era verdad qué había ganado? ¿Cómo había conseguido entrenar a su yegua de aquella manera?, se preguntaban todos. Ante esto Félix no pudo hacer otra cosa que bajarse del coche, cerrar la puerta, hacer a un lado a sus amigos, que corrían a consolarlo por si se encontraba disgustado, y acercarse al ganador.
-Al final tenías razón. Ahora tengo que pagarte. Y tranquilo-aclaró-soy hombre de palabra-afirmó estrechándole la mano.
-No te preocupes-. Habría sido extraño que alguien de tu familia dejara algo a deber, Félix; por algo sois de las personas más importantes.
-Has tenido suerte de haber ganado, sino habrías tenido que darme tu sueldo de todo un mes.-Dijo sin dejar de lado su tradicional orgullo.-Pero no estabas equivocado cuando dijiste que ganarías.

Mientras otros celebraban, uno de los amigos de llevó a este último hacia un apartado y lo interrogó diciendo: -¿por qué nunca dijiste nada?
-¿Nada de qué? Lo siento, no te entiendo. ¿A qué te refieres?
-¡A tu yegua! ¡A Pichona! ¡No avisaste acerca del poco tiempo que invierte en subir y bajar el puerto! ¿Cómo puede hacerlo?
-Era un asunto que solo nos incumbía a ella y a mí. Como en cualquier juego o como cualquier ilusionista: uno no desvela sus trucos. ¡Qué gracia habría tenido si todos supierais que iba a ganar? ¡Ninguna!
-Bueno, Blín, gracia porque lo dices tú…

Ese día toda la comarca pasó de una montaña a otra la noticia, que corrió como la pólvora durante aquellos días y que enseñó a toda una comunidad de vecinos que en aquel momento aún podía correr más, y mucho más rápido, un buen caballo que un casi incipiente automóvil. Definitivamente, a la hora de correr aún debían hacerlo con caballos; pero de cuatro patas.

Canastillo y llanto

Comenzaba a anochecer, o ya había anochecido en otra parte de la ciudad. Las farolas se encontraban encendidas y las pocas personas que deambulaban por las calles se apresuraban a realizar las últimas compras del día y a volver a casa, para cenar, irse a descansar y dar por terminado otro día.

Por una céntrica calle de la ciudad, pero menos transitada; un padre caminaba junto a su hija, que tendría unos catorce o quince años. Ambos sabían que se les había hecho de noche ya, pero el motivo que los había movido de casa durante toda la tarde era de vital importancia; aunque en la vida habría de aprender la niña que hay asuntos aún más importantes que aquellos que ella pudiera conocer.

-Papá, ¿crees que a Mamá le gustará su regalo?

-Hombre, ¡pues claro que sí, Mariné! ¿Por qué opinas lo contrario? ¿Te ha dado Mamá alguna pista para llevarte a tal conclusión? ¡Como me haya equivocado por tu culpa! Rió el hombre aferrándole la mano a su hija.

-¡No, claro que no, Papá! Pero no sé… Tal vez serán los nervios al saber tan cercano su cumpleaños. Este tipo de regalos, tan especial quiero decir, no se hace todos los días.

-Vamos, Mariné. Ya lo descubriremos el día señalado. De momento lo principal es no resfriarse. Además, ¿has pensado que nuestra demora puede haber preocupado a tu madre?

-¿Mamá preocupada por nosotros dos? ¡Pero si sabe bien que no llegaríamos muy lejos solos! Rió Mariné divertida. Desde luego las repentinas y divertidas ocurrencias de su padre seguían haciéndola reír como cuando era muy pequeña.

-Todo puede ser, Mariné…

No habían avanzado demasiado cuando la niña llamó la atención de su padre, tirándole con suavidad por la manga de su abrigo. -¿Has oído eso, Papá?

-¿El qué? ¿No habrás escuchado el motor de un coche en alguna vía colindante, Mariné?

-¡No, Papá, no! ¡Seguro que es un gato! ¡Y uno pequeñito! Tal vez se haya perdido de su madre. ¿Te imaginas lo que puede suceder si se encuentra solo?

Su padre rió irónicamente mientras miraba hacia otro lado. -Lo que me imagino es el soponcio que le daría a la tuya si nos llevásemos un gato a casa. ¡Por pequeño que fuera! Ya sabes lo que ella dice: << animales en mi casa no>>.

Pero como suele sucederles a todos los padres, el buen hombre acabó cediendo, aun sin él haberlo deseado. Sin embargo minutos más tarde no habría de arrepentirse por haberlo hecho, sino que se sintió como nunca antes.

-¡A ver, Mariné! ¿Se puede saber dónde está el gatito en cuestión?

Mariné volvió a tirar del abrigo a su padre y señaló entre dos automóviles que se encontraban estacionados en las proximidades. -¡El sonido sale de aquí abajo, Papá! ¡Seguro que es un gatito! ¡Y uno de los chiquitines!

-¡Chiquitín te voy a dar yo a ti! ¿Para qué te habré hecho caso? ¿Pero estás segu…? No le había dado tiempo a terminar la frase, más bien no pudo proseguir debido a la fuerte impresión que recibió, cuando su hija le mostró que no se trataba de un animal, sino del llanto de un bebé, prácticamente recién nacido, envuelto en una manta y con aspecto de no tener demasiado calor ni de haber recibido, tampoco, demasiado cariño.

-Pobre criatura. ¡Aquí a estas horas! Seguro que lo llevaban al hospicio, pero llegó alguien y…-Mariné miró a su padre fijamente a pesar de que, debido a la zona en la que vivía, conocía perfectamente el antiguo convento que había pasado a ser un asilo destinado a huérfanos y a niños y niñas abandonados a su suerte poco después de haber llegado a este mundo. Asintió pues más o menos, puesto que a ella nadie le aportaba más información de la que debía tener a su edad, conocía o suponía el por qué de que el bebé, que ella había creído un gatito, hubiese terminado la tarde refugiado entre dos coches.-Todos sabemos que este tipo de actos avergüenzan y no están bien vistos… Por lo que han debido de dejarlo aquí por miedo a ser descubiertos si empleaban más tiempo del debido en el torno. Triste o afortunado destino el de estos pequeñines. ¡Complejos son la vida y el destino! Suspiró el padre de Mariné mientras abrigaba a la criatura que había cesado de llorar.

-¡Papá, Papá! ¿Qué haremos ahora? ¿No podríamos llevarlo a casa? ¡Seguro que a Mamá no le importa recogerlo! ¿Has visto la carita que tiene? ¡Seguro que no le importa!

-Eso ya se verá, Mariné. ¡De buena gana me lo llevaba yo también, hija mía! Pero primero habremos de dar parte a las Autoridades. Eso antes que nada. Vamos.

Cinco minutos más tarde, a lo sumo, la niña y su padre accedían a la Jefatura Superior de Policía. Llegaron rápidamente pues se encontraba al lado del lugar en donde habían hallado al bebé. <<Pobre-pensaba Mariné para sus adentros-¡a saber la situación de su familia o si tendrá padre! ¡Qué triste es esto!>>.

-Buenas tardes. Verán, hemos encontrado este bebé que es-especificó el padre-un niño ahí fuera. A unos pasos de distancia de aquí…-Explicó señalando, siguiendo su orientación, el lugar. Uno de los policías los miraba de reojo sin perder ni un segundo la atención. Todo aquello le olía a porquería. ¿Acaso querían colarle una mentira? <<Sí, sí, y yo voy y me lo creo. ¡A saber que habrá sucedido de verdad!>>. Pensaba mientras se mordía la lengua y se daba la vuelta por no hablar. Mientras que otro de sus compañeros anotaba con interés todos los datos que pudieran servir de ayuda e inspeccionaba el estado de salud del pequeño.-Mi hija-y señaló a Mariné que asentía-creyó oír el leve gemido de un gato. ¡Menuda sorpresa! Cuando vimos que no era un gato…-Mariné observaba todo a su alrededor con mayor interés aún que el que ponía el agente que se molestaba en apuntar todo aquello que ellos le estaban contando. Desde luego había funcionarios que sí que se merecían su salario.-Seguramente quien fuera a dejarlo en el hospicio iba a introducirlo por el torno, pero llegó alguien y por miedo lo abandonó entre los coches.

-¡Podía haberle sucedido algo desagradable! Apuntó la niña, pero el primer policía seguía sin sentirse convencido. En aquella historia había un punto que se le escapaba. ¿Creían qué él era tonto? ¿O pensaban que fingía?

-¡Pues fíjense ustedes que yo no me creo su historieta! A mí me parece que todo eso que cuentan ¡no es más que una mentira! ¿No será usted el abuelo de la criatura? Porque, su hija ya…

El padre de Mariné la agarró con fuerza por el hombro y le contestó al agente totalmente indignado. -¿Qué ha osado decir? ¿¡Cómo se atreve a realizar semejante afrenta!? ¿Qué piensa de mi familia y, sobre todo, de mi hija? Mariné observaba la escena atónita. ¿Cómo podía pensar aquel hombre que el niño era su hijo? Pero tampoco le extrañaba porque, de una manera no legal, había escuchado a hablar sobre jovencitas poco mayores que ella, cuyos hijos habían venido al mundo precozmente podría decirse…

Otro de los agentes, aunque había permanecido leyendo en todo momento aquello que transcribía su compañero, intervino en defensa de la familia, mientras negaba con total seriedad, profundo respeto y desconcierto por las palabras allí dichas al punto.

-Parece mentira para ti que pienses eso. ¿No los conoces?-El policía que había hablado demasiado se encogió de hombros e intentó pasar desapercibido, aunque no tuvo suerte ya que sus calumnias no cayeron en saco roto.-¿Y si la hija de este señor-prosiguió elevando el dedo índice hacia el padre de Mariné-acabase de dar luz, crees tú que, iba a encontrarse aquí, de pie y tan lozana? ¡Por favor, Ramón! ¡Un poco de seriedad! ¡Y sentido común!

-Bueno, ustedes disculpen. Aunque hay que reconocer que cada caso se ve por el mundo que… Pero a ver, ¿había algo más que pruebe que este angelito fue abandonado? ¿Y dónde están afirmando? Los interrogó el agente de nuevo, reticente todavía, a pesar de haberles pedido perdón. Sin embargo el orgullo es tan altanero que no se deja cortar las alas tan fácilmente.

-¡Sí!-Exclamó Mariné con la esperanza de ser al fin creídos por todos.-¡Me parece que había un canastillo al lado! O un objeto parecido, señor policía.

El padre de Mariné intervino en apoyo de la explicación de su hija diciendo: -sin embargo nos inclinamos a pensar que se trataba de una cesta o de un canastillo. ¿Dónde sino llevarían a un niño?

Pasados unos minutos los agentes acudieron a inspeccionar el entorno, siguiendo siempre las indicaciones de Mariné y su padre; ya que dos personas de bien carecían de gusto inclinado hacia la realización de una tomadura de pelo. <<Lo hemos encontrado>> comentó uno de ellos en voz alta y todos se acercaron, incluidos Mariné y Papá.

Ella mantenía la esperanza de poder quedarse con el niño, al menos por un tiempo… Además, si lo cuidaban en casa, aunque solamente fuera por unos días, seguro que conseguirían adoptarlo. ¡A Papá y a Mamá no iba a importarles! Es más, su madre estaría encantada, ¡casi fijo!

-¡Papá, Papá! ¿Podremos quedarnos con él? Se atrevió a preguntar cuando un biberón fue descubierto dentro del canastillo. Por lo menos quien se hubiera encargado de dejarlo allí había dejado también comida para el bebé, pensó Mariné y agradeció el detalle hacia el pequeño recién nacido y encontrado. Ahora lo importante era saber si sus padres se harían o no cargo de él.

-¡Qué más quisiéramos, hija! Mas me parece que no va a poder ser… Le explicó su padre mientras la aferraba con dulzura y le acariciaba el cabello. No se le ocurriría llorar ¿no?

-¿De veras? ¿Seguro estás de eso que dices, Papá? Imitó ella el habla propia de algunos adultos. ¿No podrían quedarse con él? Ella era hija única, ¡al niño no le faltaría de nada! Un policía se adelantó para evitarle el mal trago al buen hombre, seguramente: -nos encantaría poder entregarles el niño, señorita, pero no puede ser. El bebé debe ser entregado en el hospicio. ¡No se preocupe usted, si está aquí al lado, señorita! Aunque comprendo su pesar, ¡es tan bonito!

-¿Y no estaría mejor con nosotros en casa? ¿Por qué no podemos adoptarlo? ¡Si en esos colegios no deben de tratar muy bien a los niños! Y aunque así fuera ¡debe de ser muy triste! Suspiró apagada. Desde luego se había imaginado un final diferente.

A pesar de los años que han pasado, Mariné recuerda, cada vez que pasa ante el edificio donde, durante años, estuvo ubicado el asilo; aquel bebé de mirada inocente y ojitos vivarachos que conoció una tarde volviendo a casa de la mano de su padre. Padre que, a pesar del empeño puesto para intentar hacer del niño un miembro más de su familia, no consiguió darle una vida distinta a la que, según haya sido su estrella, le habrá tocado vivir. Sin embargo Mariné mantiene la ilusión y la misma esperanza que aquella tarde mantuvo de volver a encontrarse con él algún día. <<Seguro que no está muy lejos>>.

El niño que no podía reír

Esta es la historia de Jaime Mínguez el niño que no podía reír.

Jaime siempre estaba muy triste porque pensaba que jamás podría reírse. Cuando veía a todos sus amigos o familiares pasándoselo bomba a causa de la gracia de algún chiste él se quedaba pensativo en un rincón y diciéndose para sí mismo “¿por qué no yo puedo reírme? Todos los hacen pero yo no puedo. ¿Podré reírme algún día?”

Cuando tenía unos diez años y cansado de que nadie pudiera darle una solución para su problema se decidió a preguntarle a su familia –yo no me acuerdo: ¿me reí alguna vez? Le preguntó a su madre un día muy disgustado.

-No hijo. Al menos tu padre y yo nunca te hemos visto.

Así que Jaime se fue tan triste y desconsolado como había venido.

Sus profesores lo vieron tan triste que les dijeron a sus padres que conocían a un cómico tan cómico, tan cómico que podía hacer reír a la persona más sosa y apagada del planeta.

La familia de Jaime muy preocupada por la extraña apatía del niño le pidieron consejo al cómico, y éste les dijo: <>.

Pero nada, a Jaime no le hizo efecto y el pobre cómico se quedó muy avergonzado y defraudado por no haberlo podido ayudar; además de que a partir de entonces ya nadie lo contrataría para cenas, galas y otro tipo de celebraciones.

Mientras tanto el pobre Jaime seguía igual. De vez en cuando le salía una tímida sonrisa que se alejaba tan fugazmente como había aparecido. Y claro está, él se sentía como el bicho raro.

-Pobrecito Jaime-se compadecían sus amigos-¿por qué le pasará eso? ¡Tenemos que buscarle una solución!

-¿Pero qué solución?-intervino un día Rodrigo, un compañero suyo, harto de escuchar tonterías sin fundamento-No hay ninguna. Desde bien pequeño ¡visitó a muchísimos médicos! ¡A más de los que nosotros podamos recordar! Y no pudieron ayudarlo. ¿Qué podríamos hacer nosotros?

-Pues…no se sabe. Contestaban otros.

El tiempo iba pasando y el pobre Jaime veía que era el único niño que no se podía reír y disfrutar cuando alguien de su alrededor hacía una broma; y pensando y pensando llegó a la conclusión de que su mal ¡tal vez no tuviese cura!

-¡Seré la única persona del mundo que no pueda reírse! ¡Pobre de mí!-se lamentaba día tras día-¡Y solo tengo once años!

Un día que fue de excursión y pusieron un vídeo en el que un humorista español contaba unos chistes graciosísimos a Jaime le sucedió lo de siempre: él no les encontraba la gracia a la mayoría. Y no porque no los entendiera, porque él era muy inteligente y cazaba muy largo, sino porque él no podía disfrutarlos. Y para los que le hacían gracia no podía soltar más que una carcajada y una carcajada tímida, muy tímida.

-¡Me muero de risa! Decía su profesor.

-Menuda suerte-murmuraba Jaime-ya podía yo morirme también. Significaría que podía reír.

A Jaime le daba mucha rabia el no poder disfrutar de las cosas igual que lo hacían sus amigos; pero él, sin embargo, siempre estaba callado y triste. Incluso en su cumpleaños, que todos sabemos que es el día más feliz de cada uno.

Harto de no poder solucionarle el problema, su padre (que se llamaba Jaime también) decidió que él mismo buscaría la cura para la extraña enfermedad que tenía su hijo. Así que le pidió a un amigo suyo, que era un gran científico, el enorme favor de que colaborara con él en su nuevo experimento.

-No tengo problema alguno en ayudarte-le dijo el científico-pero no sé a ciencia cierta lo que sucederá.

Tardaron cinco meses y seis noches en tener terminado el milagroso medicamento que ayudaría a su hijo a tener humor.

El padre y su amigo le dieron el fármaco a Jaime y prepararon todo tipo de chistes y vídeos cómicos para observar el efecto final.

-Me parece que no hace efecto, Javier.

-Hemos de esperar dos días Jaime. Y ya te lo he advertido: no se sabe fijo si le hará efecto. Pero sobre todo no perdáis la esperanza de que pueda llegar a reírse algún día.

Después de tomarse “La Pócima del Humor” (que así la habían llamado) a Jaime no le sucedió nada fuera de lo normal. Al rato de estar oyendo los chistes se quedó durmiendo.

-No ha hecho efecto… Lo que yo me suponía.

-Tranquilo, Javier. Nos has ayudado en lo que has podido. El que debe sentirse mal soy yo; que soy el único padre de este mundo que no es capaz de ayudar a su hijo.

Pero un día la pandilla de Jaime apareció por casa del amigo de su padre diciéndole: -queremos ayudar a Jaime para que nunca más esté triste.

-¿Creéis que podríais ayudarme en algo?

-Pues claro-comentó su amiga Clara-nosotros lo conocemos mejor que nadie. Y fijo que podemos hacer que se ría.

-Para eso tendría que tener otro cerebro y eso…

-¡Pues claro, Julio! ¡Qué idea tan buena! Se le cambia el cerebro y está: ¡asunto arreglado!

-No seas tonto, Marcos. No se pueden cambiar los cerebros.

-¿Y si le damos un susto?

-Eso es para quitar el hipo.

-¡Pero un susto gracioso, que le haga reír!

-¡Sí! ¡Y que no pueda parar!

Ese día le afirmaron al científico que ayudarían a Jaime fuera como fuera y cuando fuera. Luego se despidieron de él.

Finalmente un día, sin quererlo sus amigos, se fueron todos con su profesor a una charca cercana a recoger unos peces y unos renacuajos para el colegio.

-¡Jolina! Los renacuajos están muy lejos. Les decía Clara.

-¡Pues yo no me meto! ¡Que me mojo fijo!

-Tranquilo, Rodrigo, ¿por qué no avisamos al profe? Él sabrá como cogerlos, para eso es profe.

-¡Vamos, Clara! ¡Vamos tú y yo a preguntarle!

Mientras Clara y Jaime fueron a preguntarle al profesor el resto de sus amigos intentaron recoger los renacuajos; pero…

-Acabaremos todos mojados. Esperad que venga el profe….

-Pues Rodrigo ya se ha metido. Comentaban otros.

-¡Anda, Rodrigo, y eso que ibas a mojarte!

-Pues ya no importa, ¡qué me lo estoy pasando bien!

-¡No os metáis!

Al final terminaron todos dentro del estanque completamente empapados. Clara al verlos gritó: “¡profe mira lo que ha pasado!”

Jaime y el profesor se acercaron a la charca y vieron a los demás que salían con un aspecto graciosísimo: todos completamente mojados y con renacuajos pegados a la ropa y agarrados al cabello.

-Mi chándal “está para el arrastre”.

-Pues el mío no está mucho mejor, Marcos…

-Ya les dije yo que no se metieran. Explicó el más pequeño.

Por una vez en su vida a Jaime algo le hizo tanta gracia que comenzó a reír de tal forma que hasta cayó al suelo.

-¿Pero qué le pasa? Preguntó su amiga.

-Pues que se está muriendo de la risa a nuestra costa. Le contestó Rodrigo muy enfadado.

-Jajajajaja-decía Jaime-¡no me lo había pasado también en toda mi vida! ¡Os lo agradezco! Jajajajaja.

-Al menos hemos conseguido que se riera a carcajadas.

-Y eso es bueno para la circulación sanguínea. Añadió su profesor que se encontraba interesado en el caso de su alumno.

A partir de entonces Jaime fue el niño más feliz del mundo porque ya se podía reír y disfrutar como cualquier crío.

Y vosotros: ya sabéis lo que tenéis que hacer si queréis reíros igual que él…