¡Te quedas sin postre!

Javier miró con recelo el plato que su madre acababa de dejar sobre la mesa… ¡Ag! Cómo todos los martes Mamá preparaba la misma comida: judías verdes. En su casa no existía manera alguna de que Javier comiera aquella comida tan «suculenta y nutritiva como sabrosa», al menos eso le decía cada semana su madre. La pobre mujer ya había probado todos los métodos habidos y por haber, pues para ella cualquier invento sería perfecto si invitaba a comer a Javier.

«-¿Nunca has jugado con Javier a «¿qué viene el avioncito?»

-No. Contestaba ella a una de sus vecinas.

-¡Inténtalo! ¡Verás cómo funciona ese truco tan antiguo! Los niños quieren ver el avión y comen por esa boquita ¡que da gusto!»

Sin embargo a Javier tampoco le gustaban los aviones y comenzó a llorar cuando vio a su madre jugando con la cuchara imitando el sonido de aquellos pájaros de metal gigantes que había visto volar una vez; y tantos otros cuentos se había inventado…

 

-No hagas eso. ¡Conmigo no te sirve de nada! Javier observó el aparente enfado de su madre y repitió la misma acción: abrió la boca y asomó la lengua; pero antes de que se escuchara «¡puag!» su madre intervino de nuevo fingiendo estar muy enfadada, pues el pequeño no sabía que en realidad no se había enfadado con él, sino que lo único que quería conseguir era que su hijo comiera: «¡cómelo de  una vez por todas! No me importa que vomites.

-¡Pues vomito! Afirmó Javier tajantemente y se cruzó de brazos a la par que miraba hacia otro lado. ¿Pensaba Mamá que iba a comer? ¡Ni en sueños introduciría la cuchara en la boca con aquel puré! «¡Pero si huele fatal!» se dijo a sí mismo.

-¡Vamos!-lo instó su madre-¡hazlo ya, vomita!¿No decías que no te apetecía comer? ¡Vamos! Le indicó sin cambiar el semblante mientras le mostraba la hora en su reloj de pulsera.

-Es que… ¡es el olor que tienen las judías verdes! ¡No me gustan! Claro está ¡a quién podían gustarle con lo mal que olían!

-Haz lo que quieras, Javier… ¡pero come! Su madre caminaba de un lado a otro de la cocina pensando en la remota posibilidad de que Javier se hubiera dado cuenta de su pequeña pillería. ¿Y si sabía que Mamá quería parecer enfadada pero en verdad no tenía ganas de enviarlo al comedor del colegio al curso siguiente? ¡Tantas y tantas veces le había dicho eso! «O comes o el año que viene te quedarás a comer en el colegio. ¡Y allí van a darte ración doble de todo aquello que no te guste…!»

Sin embargo, Javier permanecía atento a sus propios intereses, por lo que, para sorpresa de su madre preguntó: ¡vale! ¿Pero y el postre? Porque el postre sí que me apetece…

Entonces su hijo ¿quería tomar el postre? -¡Menudo pillo has salido tú. Así que las judías verdes no pero el postre sí.

-Hombre… Rió Javier por lo bajo.

Su madre sonrió. Ahora sí que había encontrado la solución, si a su hijo le gustaban los postres le prepararía uno especial cada miércoles, pero todo el mundo que en cualquier menú hay dos platos anteriores a ese ¿o no?

-O terminas las judías o te quedas sin postre, Javier. Tú eliges. O el plato y luego la tarta de queso con mermelada de fresas o nada. Seguro que en el parque encontraré algún niño que quiera merendarla.

Javier abrió los ojos como platos y pensó: «¿Qué? ¿¡Su tarta de queso con mermelada de fresas!? ¿Iban a comérsela?» El niño apuró la cantidad de puré que quedaba en el plato sin apartar la vista del recipiente donde su madre guardaba las tartas siempre que hacía una.

-Ya me lo he comido.-Su madre se dio la vuelta y rió en silencio.-Y ahora… ¿hay tarta?