David y los cangrejos

Uno de mis relatos

Martes de cuento

David y los cangrejosMika Mood

En aquella excursión, lo que menos se imaginaba el pequeño David es que conocería a unos amigos muy especiales que, a partir de entonces, nunca más se separarían de él.

-¡Hola! ¿Puedes sacarnos de aquí?

David dejó la red de tela y caña azul, que su padre acababa de comprarle, en la arena para acercarse a mirar entre las rocas.

-¡Eh, niño! ¡Aquí abajo!

-¿Quién eres?-preguntó el niño extrañado al no ver a nadie.

-¡Nosotros dos! ¡Aquí!

-¡No seas así, Félix! Perdona a mi hermano, niño, es que está muy nervioso -suspiró una de las los dos voces que le pedían ayuda.

David daba vueltas alrededor de ellos intentando no parecer un loco ante el resto de los bañistas de la playa y, sobre todo, ante las personas que se agolpaban no muy lejos de él para pescar peces de roca, mejillones o cangrejos.

-¡No os veo! ¿Dónde…

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La imagen del abuelo

Basado en una historia real. O al menos eso me han contado…

Nadie se encontraba en la casa. Nadie menos ella y su vecina de en frente Azucena, que había accedido a cuidarla mientras preparaba el temario para las oposiciones. Este encargo no era nuevo para la joven, que ya se había ocupado de la pequeña en anteriores ocasiones; sin embargo aquel día era distinto al resto, por lo que sabía que en lugar de estudiar tenía que jugar con su pequeña vecinita, para que no se disgustara y comenzase a pensar en el abuelo.

El abuelo ya no estaba. Se había ido. Y esta vez para siempre. Y aunque la niña no dijese ni “mu”, todo el mundo sabía que ya nada sería lo mismo. Para siempre se habían terminado sus idas y venidas al Hospital, aquel gran edificio donde muchas personas iban vestidas de blanco y, otras de verde, y llevaban calzos hipoalergénicos también blancos; no, ahora el abuelo ya no estaba con ellos. <> Le comentó su padre. <> Le preguntaba su madre con lágrimas en los ojos. Y es que, desde luego, el abuelo era un hombre muy querido por todos.

La familia al completo se encontraba desolada, pues el abuelo nunca había tenido una mala palabra para nadie, sino que siempre había tendido una mano a todos aquellos que precisaban de él. Sin embargo la pequeña, que todavía no entendía demasiado bien el fino umbral entre la vida y la muerte, se encontraba triste y, no porque su querido abuelito se hubiera ido al cielo y ahora fuera a ser una estrella, que brillaría por siempre jamás en lo alto del firmamento; sino porque no había podido decirle adiós. Y aunque él pudiese escucharla todavía, la pequeña quería haber compartido algunos momentos más junto a él y haber podido abrazarlo una vez más. En resumidas cuentas: a la niña le hubiese gustado que se hubiera celebrado una despedida del abuelo. Pero ya no podía ser. En este tipo de casos no hay vuelta atrás.

-¿Por qué no puedo irme con vosotros? ¡Todo el mundo estará allí! Pero sus padres se negaron a que los acompañara, ya que la familia y el matrimonio no acudían a una verbena, sino a un tanatorio, lugar no recomendable para que visiten niños de tan corta edad; por lo que la pequeña se quedó en casa refunfuñando y con el disgusto en el cuerpo.

-¿Pero por qué no puedo ir? ¿No vais a despediros del abuelo? ¡Eso me han dicho los tíos! ¡Él estará allí! Y la pequeña lloraba a lágrima viva. Sin embargo a sus padres no les importó, porque sabían que junto a la joven Azucena a la pequeña no le faltaría nada.

Las horas de ese día y del siguiente pasaron entre juegos con su vecina y largos paseos por el parque, con el fin de que la pequeña estuviese entretenida. Pero durante la segunda tarde la niña quiso ver los dibujos animados en la televisión. Ya era la hora de las aventuras de su perro favorito.

Azucena ya se había ido a su casa hacía un rato y todos los adultos se encontraban desperdigados por la cocina y el comedor. En el salón solamente estaba la pequeña, sentada en el sofá y jugueteando con el mando de la televisión durante la franja publicitaria.

-¡Mamá, Papá, corred! ¡Tíos! ¡Corred, venid todos! ¡El abuelo está aquí!

Todo el mundo, incluido el hermano mayor de la pequeña, acudió a su extraña y nerviosa llamada. ¿A qué se refería con que el abuelo estaba allí?

-Cariño-se acercó su padre-el abuelito está en el cielo y el otro ya se ha ido a su casa. Aquí no hay nadie. Has sido tú y tu imaginación. ¡Anda, ea! La abrazó con sumo cariño, pues intuía que su hija, al igual que la familia al completo, no estaba viviendo un momento agradable.

-¡Pero estaba ahí!

-¿Ahí dónde? -Le preguntó su hermano intrigado acudiendo a apagar el aparato televisor. -¡A ver si te lo estás inventando!

-¡Bah, no le hagáis caso! La pobrecita está disgustada porque no ha podido despedirse del abuelo. Al menos no como a ella le gustaría… -Comentaban otros. -Seguro que en un par de días o tres se le pasa.

-Mamá, tú me crees ¿verdad?-Su madre no pudo responderle porque había roto en llanto de nuevo. Primero la muerte de su padre y ahora su pequeña hija de seis años le estaba contando con total seriedad que había visto al abuelo. -La imagen del abuelo apareció en la tele de repente. ¡Yo lo he visto! ¡Estaba ahí! Y estiraba sus extremidades superiores hasta el límite, buscando hacerse entender mejor.

Su hermano suspiró mientras enarcaba una ceja, apoyado en una silla, el resto de familiares se dedicaban miradas de cansancio y sus padres intercambiaron una con la que preferían fingir que no estaban escuchando nada de lo que la niña les estaba contando.

-¿Dices qué has visto al abuelo en la tele? -La pequeña asintió firmemente convencida.-¿Seguro? De nuevo el asentimiento por respuesta.

-¡Que sí, Papá, que sí! ¡El abuelo estaba ahí, en la tele! Yo estaba viendo los dibujos, salieron los anuncios y de repente de la tele nacieron unas rayas grises y todo se puso negro, negro… Y apareció allí la cara del abuelo.

Sus padres la abrazaron intentando hallar consuelo ante todo lo sucedido y esperando poder consolarla a ella. También escogieron pensar que toda la historia era fruto de su disgusto; prefirieron pensar que el peso y la tristeza por no haber podido despedirse del abuelo había hecho que lo hubiera visto reflejado en el televisor. Quién sabe si habrá sido realidad o quién sabe si solamente habrá sido, efectivamente, fruto de su entristecida pero vivaz imaginación.

Los gemelos que no podían leer

Hubo hace tiempo dos gemelos llamados Karl y Bianca. A ellos les apasionaba la lectura pero, como no tenían dinero para comprar libros, solamente podían leer un par que tenían en su casa, de los cuales ya se sabían a la perfección hasta aquello que se hallaba escrito en las tapas.

Un día pensando y pensando llegaron a la conclusión de que en algún sitio debía de haber un centro en el que pudieran leer tantos libros y cuentos como quisieran, sin pagar nada a cambio.

-¡Ya me he cansado de estos cuentos de princesas y príncipes! ¡Siempre es lo mismo! Refunfuñaba un día Bianca mientras posaba el libro sobre un pequeño sofá.

-¡Pero no tenemos otra cosa! Suspiraba Karl desanimado, mientras miraba de reojo los dos únicos ejemplos de literatura que había en aquella casa.

-Pues tendremos que buscar otra solución, hermanito. Mamá y Papá no pueden comprarnos más libros. Estos hace años ya fueron un triunfo…Bianca exponía su idea de una manera rotunda. ¡Algo tenían qué hacer! Encontrar un lugar donde poder dedicarse a lo que más les gustaba. ¿Y qué mejor que informarse sobre ello?

-¿Y en esos sitios qué llaman bibliotecas? Intervino Karl emocionado de pensar que yendo a una biblioteca tendrían la oportunidad que necesitaban. Eran totalmente gratuitas y en ellas había un montón de libros y libros sobre todo tipo de temas, desde cuentos de hadas hasta libros de misterio; de seguro que no se aburrirían.

-¿Y dónde está eso Karl?-le preguntó su hermana Bianca interrogándole con la mirada-Yo no conozco ninguna. Aquí en el pueblo no las hay. ¡Nos costaría mucho llegar y no tenemos dinero!-suspiró-No podemos hacer nada.

-Aquí no, pero en la ciudad sí que debe de haber…¡Y sino en la capital!

-¡Pero si la capital queda muy lejos!

-Pues iremos a la ciudad. ¡Vamos Bianca! Recoge tus cosas ¡Nos vamos hoy!

Su hermana, a la que en un principio no le gustaba la idea por miedo a disgustar a sus pobres y preocupados padres, finalmente no pudo negarse a la proposición de Karl; puesto que ella también tenía muchas ganas de poder leer y leer lo que quisiera. Y esa era su oportunidad de oro.

Los gemelos cogieron sus mochilas y las llenaron con lo poco que tenían: solamente con un par de juguetes, algo de ropa, un pedazo de pan y un poco de chorizo y salchichón, para comer en el largo camino que les esperaba a pie hasta la ciudad, si nadie se ofrecía a llevarlos en alguno de los pocos automóviles que había en aquellos años.

-Jo…-se quejaba Karl-¡Esto está muy lejos!

-Ya sabíamos que estaba lejos, ¡si tú mismo lo dijiste…!

-¡Ya no sé cuanto llevamos caminando, hermanita!

-Seguro que un buen rato…¿nos sentamos? Le preguntó Bianca a su hermano, cuyos pies, al igual que los de ella, también se encontraban muy cansados.

-Si alguien tuviese un auto…

Karl abrazó a su gemela Bianca, que ya tenía frío, y se sentaron a esperar al borde de la polvorienta carretera. El niño abrió los ojo cuando ya amanecía alertado por la bocina de una pequeña camioneta.

-¿Os pasa algo, niños?

-¿Es a mí y a mi hermana Bianca?

-¡Sí! ¿Ves más chiquillos?

Mientras Karl se restregaba sus aún adormilados ojos, se despertaba Bianca emocionada de ver a alguien con un automóvil; ya que en esos tiempos no se veían demasiados, porque la mayoría de la gente no podía comprárselos.

-¡Ahí va que coche! Exclamó Bianca al ver la furgoneta de quien parecía un repartidor.

-Vamos, subid…Si no vais muy lejos, hasta la ciudad os puedo llevar.

Karl y Bianca se sintieron realmente bien al subirse a aquel automóvil, ya que sólo habían tenido esa experiencia hacía más de dos años en el coche del anterior alcalde de su pueblo; pero en esta ocasión todo era mucho mejor: ¡irían a una biblioteca y podrían leer muchos libros!

Cuando llegaron a la ciudad el repartidor se despidió de ellos -bueno, hasta otra chavales. ¡Suerte! Si seguís en línea recta lo primero junto al Cuartel es la biblioteca. ¡Hasta otra!

-¡Hasta otra! Se despidieron los niños agitando sus manos.

Los dos hermanitos se detuvieron frente a la puerta de entrada totalmente fascinados. ¡Nunca antes habían estado en un sitio así! De hecho, debido a su corta edad, nunca habían estado en la capital.

-¡Guau, Bianca! ¡Esto sí que es grande!

La niña asentía a todo lo que le decía su hermano -¡Sí! ¡Es mucho más grande que el coche del Señor Benito!

Los gemelos nunca se habían podido imaginar un lugar así. ¿Cómo podría haber tantos libros en aquel lugar? La respuesta, facilitada para todos era la siguiente: un lugar tan especial y tan amplio no podía estar dedicado a otra cosa que no fuese la cultura y la literatura.

Karl y Bianca se pasaron el día leyendo y leyendo, pero a una hora concreta de la tarde la bibliotecaria, que no había cesado de contemplarlos, puesto que le recordaban a sus propios hijos, se acercó a ellos para invitarlos a salir. -Buenas tardes, niños. Siento deciros esto, porque veo que estáis como pez en el agua, pero ya casi es la hora de cerrar; por lo que tenéis que ir saliendo. ¡Pero no os preocupéis: mañana podréis volver!

-Ya…-Comentó Karl entristecido y sin levantar la cabeza para hablar-Pero tendremos que volver a casa. ¡Ya llevamos dos días fuera!

-¡Sí!-Intervino Bianca un poco nerviosa.-¡Y nuestros padres pueden enfadarse! ¡A lo mejor Mamá y Papá están preocupados por nosotros dos!

-Muchas gracias por todo, señora. Quizás nos sea posible volver otro día. ¡Vamos Bianca!

Tras haberse despedido de la mujer y, cuando ya se encontraban a la puerta de la biblioteca Karl habló de nuevo -¿puedo preguntarle una cosa?-La bibliotecaria asintió de brazos cruzados, intrigada por la cuestión que el pequeño gemelo iba a formularle.-¿Traerán más libros sí verdad? ¡Dígaselo sino a su señor Alcalde!

Una vez hubieron regresado a su pueblo todo continuaba igual que cuando se habían marchado; sin embargo Karl y Bianca habían vuelto con muchas historias leídas y muchos nuevos personajes conocidos. Sin duda la experiencia que aquel viaje les había dado no la olvidarían en muchos años.

Una noche cualquiera estando en cama Bianca tuvo otra idea:

-¡Karl! ¿Estás dormido?

-¡No, Bianca! ¿Por qué?-Le preguntó restregándose los ojos y con cara de sueño.-¿Necesitas algo?

-¡Se me ha ocurrido una genial idea para poder leer todo cuánto queramos!

-¿Ah sí?

-¡Sí! ¡Y todo gracias a ti, hermanito! ¡Oh, Karl, seguro que te encanta cuando te la cuente!

-¡Buenos días, señor Alcalde!

-¡Buenos días, Karl y Bianca! Exclamó el hombre extrañado. ¿Qué le habría sucedido a la familia de los chicos para que fueran a visitarlo tan de mañana?

-¡Hemos venido para comentarle una cosa!

-Ya veo ya… En fin, ¿ha pasado algo que yo no sepa? ¿Vuestros padres están bien, niños?

-¡Sí, claro!-Intervino Karl sonriente.-Pero es que a mi hermana Bianca se le ha ocurrido una idea, a partir de un comentario mío a la salida de la biblioteca de la capital.

-Entiendo…-El señor Alcalde enarcó una ceja.-¡Bueno, no! ¡La verdad es que no entiendo nada! Lo único que sé es que a vuestros padres ¡casi les dais un susto de muerte! ¿Cómo se os ocurre huir así de casa? ¡Podía haberos sucedido algo! ¿No conocéis al hombre del saco?

-Sí.-Afirmaron los dos mirando hacia el suelo y con las manos cruzadas sobre el estómago.-Verá, señor Alcalde-se pronunció Bianca-mi hermanito Karl y yo sólo queríamos leer libros. ¡Es que aquí no tenemos! ¡De ahí nació mi idea, señor! ¿Desearía usted escucharla?

-¡Sí! Porque, además, al fin y al cabo yo no soy vuestro padre. Y se ve que ni a él le hacéis caso… ¡Cómo ibais a escuchar mis consejos y regañinas!

-¡Usted podría construir una biblioteca tan grande como la que hay en la capital!

-¿De veras? ¿Sabes lo que eso costaría, pequeña? ¡Millones! Y este Ayuntamiento no nada en la abundancia precisamente…

-Ya…-Susurró Karl.-¡Pero seguro que hay señores a los que no les importaría ayudar! ¡Fíjese en don Rainiero Aguilar! ¡Así todo el mundo podría leer!

-¡Y nosotros dos también, señor!-Exclamó la pequeña sonriente.-¿No le parece qué todo el mundo debe tener acceso a los libros? ¡La lectura es cultura!

-En eso tenéis mucha razón… De no ser por las bibliotecas muchas personas no podrían leer. Por desgracia la gran mayoría no puede costearse, tan siquiera, uno.-El Alcalde se acariciaba el mentón mientras daba vueltas en su cabeza, sobre quienes podrían prestarle ayuda económica a su Consistorio. Desde luego la idea de la pequeña Bianca no era mala ni mucho menos; sino que resultaba muy acertada. ¿Quién mejor que él para promover tan buena iniciativa? ¿Y qué mejor que brindarle un servicio cultural a la comunidad?-Sin embargo no es empresa que pueda ser comenzada de hoy para mañana. ¡Llevaría mucho tiempo niños! ¿Sabríais esperar?

-¡Atiza! ¡Pues claro, señor! ¿No hemos estado durante años leyendo los mismos libros? Preguntó Karl boquiabierto y con los ojos como platos.

-¡Pues podremos esperar recordando las historias que encontramos en los libros en la capital! Continuó Bianca, poniéndose en jarras y comenzando a moverse de un lado a otro en posición triunfal.

Solamente pasó un año desde la conversación que mantuvieron los gemelos con el Alcalde y el día de la inauguración de la Biblioteca y Centro de Cultura del pueblo. Aquella soleada mañana no faltó nadie al solemne acto.

Todo el mundo acudió con sus mejores galas. Unos portaron consigo sillas plegables, para mitigar la fatiga, otros se posicionaron junto a un muro cercano con el mismo fin y, claro está, Karl y Bianca no pudieron faltar. Los gemelos se encontraban bien peinados y elegantes al lado del Alcalde; quien, en su discurso, recordó la idea de Bianca, proveniente de un comentario de Karl, que había dado a luz al proyecto del que, a su vez, nació aquel centro.

¡Ya no tendrían que preocuparse más! ¡Su sueño al fin se había cumplido! Ahora sí que podrían leer siempre cuándo y cuánto quisieran.

Un estudio extraordinario (IV)

4.

Un nuevo cuarto aniversario

-Rubén, ven. Tienes que ver algo y conocer a alguien. Aunque más bien son ellos los que te quieren conocer a ti. Avisó al Inspector su compañera Virginia.

-¿A esta hora? ¡Si tan sólo son las diez y cuarto de la mañana! ¿Acaso alguien quiere formalizar una nueva denuncia?

-Me parece que no… Más bien, diría yo, lo que pretenden es aportar información y buscar ayuda y un sólido apoyo… Pero es mejor que lo compruebes por ti mismo.

El Inspector Rubén Posada salió de su despacho y a la entrada de la Comisaría encontró a una mujer y a un niño vestido con sus mejores galas. La mujer, seriamente afectada debido, seguramente, a una fuerte impresión, parecía la madre del niño y tenía porte de pertenecer a familia adinerada.

-Buenos días. Sentimos haberlo interrumpido de esta forma. ¿Es usted el Inspector…?

-Posada, sí. Rubén Posada. Un placer. Mi compañera apenas me ha adelantado una parte… ¿Qué precisan de mí?

La mujer alejó al niño unos metros y con discreción comentó al oído del Inspector:

-resulta bastante delicado para explicar en público. ¿No cree qué sería mejor que hablásemos en privado?

-¿Y el niño?

-¡Oh! No se preocupe. El niño es mi hijo-lo aferró-y también viene a contarle algo relacionado con el motivo que me ha traído hasta aquí.-Rubén Posada observó al niño, de no más de once años, asintiendo con firmeza. Desde luego aquella pareja no parecían estar a punto de contarle un “cuento chino”, como tantos otros habían llegado a él…-Además cuando le explique quienes somos seguro que un recuerdo se le viene a la cabeza…

-¿Está segura de que podemos tratar, lo que usted ha venido a tratar, delante de él? La mujer asintió con gravedad mientras el niño no apartaba sus ojos del desconcertado rostro del Inspector. No hacía tanto tiempo que se había quejado de que todos los días eran exactamente iguales en la Comisaría; pero entre un poquito de cambio y un gran y repentino cambio podría existir un término medio ¿no? Se cruzó de brazos esperando poder dejar de lado, lo más rápido posible, tanto secretismo.

-Sí; en casa nunca ha habido secretos para él y, muchos menos en esta ocasión; sobre todo porque él también está involucrado. Le explicó la angustiada madre al Inspector Rubén Posada que pensó que habría acudido hasta allí para poner de manifiesto lo que algunas personas habrían denominado “cosas de críos”.

-Venga, señora, pasemos a un lugar más tranquilo. Condujo Rubén a la madre y al niño a la sala de interrogatorios, únicamente porque era de las pocas estancias que, en esos momentos, se encontraba vacía y Carmen, la sabia y divertida mujer de la limpieza (ordenada, pulcra y trabajadora como pocas), ya había dejado huella pasando por allí una hora antes. Una vez se hubieron sentado los tres, el Inspector Rubén Posada hizo ademán de dar “luz verde” a la mujer para que comenzase a hablar.

-Verá, señor Inspector, he venido aquí, acompañado por mi hijo como ya le he dicho, para confirmarle algo:-Rubén realizó una mueca con la cara e invitó a la mujer a explicarse-mi esposo continúa con vida, sí. ¡No me mire así! ¡Es cierto!

El Inspector Rubén Posada se acomodó en su asiento con una cara con la que pretendía decir <> ¿Es qué acaso aquella peculiar pareja tenía ganas de divertirse un rato a costa ajena y pretendía hacerlo utilizándolo a él?

-Mamá-intervino de pronto el niño llamando la atención de su madre agarrándola del brazo-seguramente el Inspector no sabe a qué te refieres; seguro que él desconoce la desaparición de Papá. Al menos dile su nombre… Cambió entonces la expresión del rostro de Rubén que pareció decir: <>

-Sí, bueno; tienes razón, hijo. Verá señor Inspector Posada, como ya le he comentado antes seguro que ahora sí que recuerda este detalle, pero claro tiene que disculparme, porque me he puesto nerviosa ¿sabe usted?-Rubén hizo otro ademán con el que la indicaba continuar-mi esposo se llama o se llamaba, porque según sus investigaciones ha fallecido hace tiempo, Carlos Hechei.

-¿Hechei, Hechei? ¡Ah, Carlos Hechei! Lo recuerdo sí lo recuerdo… Usted denunció su desaparición pasadas 48 horas y, siempre mantuvo que había ocurrido todo de una forma muy extraña…

-Efectivamente, pasado el tiempo prudencial me dieron por viuda…

-Así que… Intervino Rubén Posada interesado.

-Así que mi hijo, aquí presente,-le acaricio el cabello-se ha criado durante estos dos últimos años como huérfano de padre.

-Entonces…

-Papá desapareció hace cuatro años: de la noche a la mañana. Pero aún me sigo acordando de él ¿sabe? Si lo escuchase hablar lo reconocería en cualquier lugar.

-Entiendo…-Rubén Posada entrecerró un ojo y enarcó una ceja.-¿Y…?

-En resumidas cuentas, Inspector Posada-prosiguió la mujer-lo que he venido a contarle es lo siguiente: ayer noche mi esposo llamó a casa. Se le oía muy afectado; desde luego nos echaba de menos y, sobre todo, no se fue por su propia voluntad.

-Esperen un momento por favor: tras cuatro años desaparecido y dado por muerto-la abnegada esposa asintió-su marido, el Doctor Carlos Hechei, llamó por teléfono para comunicarles…

-Para decirnos que no estaba muerto y que sentía haberse ido de la forma en que lo hizo. Y a mí me dijo que le hubiera gustado haberme visto crecer durante este tiempo, pero que no había podido por el mismo motivo que lo había hecho desaparecer.

-De veras que lo siento; ha debido de ser un golpe muy duro para usted y su hijo. Enterarse de ese modo… Pero, ¿no ha podido ser alguien dispuesto a gastarles una broma? ¡Desde luego todo tiene que haberles sucedido, también, hace cuatro años!

La mujer rompió a llorar y el niño continuó -no; Mamá tampoco se lo creía, por eso hablé yo con él. ¡Ella también creyó que era una broma! Pero no, era la voz de Papá. Y nos dijo cosas que solamente podíamos saber: él, Mamá y yo. ¡Algo muy malo le ha sucedido a mi padre!

-El mes que vi… El que mes viene-intervino la mujer con lágrimas en los ojos-se cumplirán cuatro años de su desaparición…

-Y el día quince del mes que viene hará cuatro años y dos meses. Susurró el Inspector Rubén Posada fijando la mirada en la pared.

Martin

Era una soleada mañana del mes de agosto en Benidorm. Yo tenía siete años y medio, y desde que lo vi por primera vez en aquella tienda me encantó.

Podríamos decir que lo nuestro fue un amor a primera vista. Aunque a su vez tampoco tenemos esa posibilidad, ya que lo nuestro no fue un cariño casual o como el que se puedan tener los veinteañeros. No, para Martin y para mí todo fue muy distinto.

El propietario de la tienda era un hombre realmente agradable. Ni muy alto ni muy bajo, yo diría que de estatura media. Con el pelo y los ojos castaños y quizás algo calvo, según se mire.

Él desde el primer momento comprendió que Martin y yo éramos amigos, que teníamos un no se sabe qué en común. Una relación más fuerte que todo. Lo conocido como una verdadera amistad.

-Puedes quedártelo. Si quieres es tuyo.

-¿De veras? ¿Puedo quedarme con él?

El tendero asintió. –Sí, ¡y cuídalo bien!-comentó riendo.

-¡Muchísimas gracias! –abrí los ojos como platos sin apenas creerme lo que había sucedido. ¡Juntos para siempre!

-Te lo doy a ti porque acabo de ver que habéis iniciado una amistad infranqueable. Por eso sé que no estará con nadie mejor que contigo. Pero cuídalo, no hagas como muchos que los recogen y luego los compañeros de fatiga de tu amigo acaban sufriendo.

Negué enérgicamente con la cabeza varias veces –no señor, lo cuidaré. Se lo prometo. ¿Pero realmente me lo da? ¿No es una broma?

-Relájate, no es mentira. Eso sí: cuídalo bien.

-¡Desde luego!-le contesté feliz de que ya no tuviésemos que separarnos.

Yo sabía que esa amistad era muy especial, realmente especial. Además de saber a la perfección que Martin no era como los demás. No se parecía en nada más que en el color al resto de sus compañeros de fatiga como me dijo el dueño de la pequeña tienda.

-Ahora que va a ser un miembro más de la familia habrás de ponerle un nombre.

-¡Sí Papá!

-¡Hemos de buscarle uno bonito! ¿No creéis?-nos preguntó Mamá sonriente.

-¡No hace falta Mamá!

-¿Y por qué no? ¡No querrás ponerle a tu amiguito un nombre horripilante!

-No Papá-les contesté riendo a carcajada limpia-es que ya tiene un nombre.

-¿Entonces?

Mis padres se quedaron mirándome sin saber muy bien qué decir y, esperando ansiosos mi respuesta. ¿Cómo se iría a llamar mi mejor amigo?

-¡Martin!

-¿Martín?

-No Papá, en inglés. Sin tilde.

-Entiendo…

Los miré sonriendo alegre porque les gustase mi idea -¿en serio os gusta?

-¡Por supuesto!-me abrazó Mamá-Y seguro que a partir de ahora será uno más de la familia ¿no crees?

Asentí a modo de respuesta mientras veía a Martin tumbado en la arena…

Desde ese año siempre me acompaña en todas las vacaciones y nunca nos hemos separado. Ni nunca lo haremos, ya que es un gran amigo que aunque la gente piense que solo es un flotador en forma de salchicha, con un gran círculo en el medio y de color naranja no es así.

Camina y se comporta como el que más, y tiene una gran habilidad, ya que entiende todas las lenguas del mundo. Algo bueno de no ser de este planeta…Ya que en el suyo pueden hacerlo todos.

Razón tenía yo cuando con tan sólo siete años lo vi en el escaparate de aquella tienda y supe que seríamos amigos. Bueno, y él también acertó. Porque tengo que deciros que él también al verme pensó lo mismo…Realmente nunca me dijo nada, pero yo sé que él sintió lo mismo. Lo que sucede es que en el fondo a veces, le da un pelín de vergüenza reconocerlo.

Y a continuación os contaré un secreto, pero solamente si todos me prometéis que no le diréis nada a nadie…Martin es marciano. Sí, marciano, de los de Marte. Pero es muy agradable, si algún día llegáis a encontraros con él ya os daréis cuenta de que no miento.

Martin tiene poderes, sí, poderes. No es nada raro en él ni en el resto de sus compatriotas. La nave la llave consigo siempre, ya que no tiene platillo volante. Sino que lleva siempre escondida en el bolsillo una pequeña antena que al tocar la tierra le hace llegar a Marte a toda velocidad.

Ahora ya conocéis a Martin, así que si algún día os encontráis con algo parecido a un flotador de color naranja, y como una salchicha, sobre la arena, saludadlo. Será Martin encantado de hacer nuevos amigos.

P.D: Lo que Mamá y Papá nunca llegaron a saber es que Martin ya tenía nombre.

Moltes vegades

Moltes vegades el món no deixa viure als altres.
Moltes vegades el món no deixa riure a ningú.
Moltes vegades nosaltres no deixem riure als altres.
Moltes vegades l’egoisme del home pot matar a tots els altres.
Moltes vegades…

Moltes vegades volem tenir la vida dels altres,
pero mai volem ser com els altres.
Nosaltres volem ser nosaltres!

Nosaltres volem volar lliures
volar lliures com les aves
I un dia poder,
poder volar tocant el cel
per mai tornar.